No recuerdo nada. Te escucho una frase perfectamente comprendida y un segundo después no tengo la menor idea sobre qué estábamos hablando. Además, ¿quién eres? Algo me evoca tu aspecto, pero ¿de quién? ¿Tienes un nombre, cuál, existe una relación de, cómo se dice, parentesco, ¡recordé la palabra!, entre tú y yo!? ¡Qué viejo te ves!, qué nos une, que nos desune o reúne. Yo miro al futuro inmediato que está adherido al presente empujado por el pasado como una historia así sintetizada, detenida y a la vez movida, de cuya relevancia individual y humana surgen dudas ya serenas, palabra eufemística para soslayar la indiferencia.
No recuerdo nada. Ni siquiera me siento capaz de rememorar quiénes y qué estamos todos siendo. Me dirás que existe una contradicción mentirosa entre escribir estas trivialidades y el hecho de estar escribiéndolas. Cómodo me resultaría en nombre de otra divagación por venir, cuál, la admisión de mi error y el reconocimiento de la verdad planteada aquí y ahora por ti. Pero ello sería por movimientos poco sincero desde mí cuando se ha experimentado que en la mentira pequeña del embrión grita la falsedad inolvidable e imborrable del recién nacido ya anciano. También objetarías la corrección de este lenguaje sin haber tú aún comprendido que no es mío sino simplemente criatura común, diversa y en apariencia compleja de la vida, donde un hombre y un perro por ejemplo comprenden su íntegra comunicación amorosa.
No recuerdo nada. Ni siquiera algo de lo recién escrito por “mí”. La desmemoria de Alzheimer se desmemoriza respecto de sí misma. El recuerdo por su futurismo presente se neutraliza dinámicamente con desdeño hacia sus propios movimientos. Yo podría, podrido, escribirte las frases más brillantemente estúpidas esta noche, como que la noche está estrellada y tiritan azules los astros a lo lejos, pero ¿de qué sirve tamaña y falsa “poesía”, si no fuese por la sola palabra “azul”? De nada. OK, una palabra vale una novela. Una vida se reduce a una letra. “La Historia a nada”, escribió erróneamente en mi concepto -si yo pudiera hablar de concepto- Lévi-Strauss, antropólogo estructuralista y obviamente judío (¿quién no lo es, los palestinos?, ¡las pinzas!, Caín y Abel…)
¿”La Historia, nada”? ¿Y tú, hijito mío, qué sabes de mi amor hacia ti? ¿Qué del desprendimiento, si aún sólo te afierras a mediocridades como la música o tu hijo sobre quien perderás por ficción callada y desatada la memoria de toda la vida, hasta partir sin sentimiento alguno al Paraíso incrédulo del Más Allá, donde Dios incluso encarnado es sólo Verbo sin anterioridad, exceptuado el feliz y extra-universal orificio negro de las tinieblas? Bella ha de ser la negritud. Hermosa es la simulación meditativa de Herr und Frau Alzheimer. Muchas interrogaciones restan sobre el significado común de la memoria, del olvido y de la esperanza en la sinéresis de Alzheimer. “No seas tan soberbio entristeciéndote por todo el bien que jamás habrías realizado. Olvida”. Es mi padre quien me lo dijo hace poco: un “alzheimeriano” nacido el 17.11.20. Su memoria se ha acumulado. Es sabio y es paz. Respetemos por su sabiduría que desconocemos a estos “enfermos” vuya designación como tales les divierte y no le importa un bledo. ¿Orinan en el pasillo? ¡Aseen! Di lo mío. No puedo más. Y si no se me ayuda, ¿qué importa? Me llevo a la vida en mi vida. Gracias.
Aplausos del público.

3 comentarios
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febrero 26, 2009 a 8:49 pm
Luis E. Reyes
¿Es liberador el olvido? ¿Se asimila al perdón?
febrero 27, 2009 a 12:01 am
Arturo Montes Larraín
“No olvidar nada conduce a la locura” (George Steiner, judío, “Después de Babel”). Olvido y perdón no son asimilables, pero pueden ser compatibles. Si existiese el perdón absoluto, olvidaría, no por olvido, sino por perdón, pero por perdón olvidaría. La memoria del mal injustamente sufrido siempre lleva y trae consigo, no obstante un perdón, un residuo de rencor. ¿No? El olvido puede ser liberador: olvidaste que la madre te maltrataba. Pero puede también no serlo sino al contrario esclavizador: olvidaste hasta la imbecilidad consintiente que fuiste y eres maltratado. Así, en este punto, veamos caso por caso. Pobre de “ti”… Mi amistad. Arturo.
abril 1, 2009 a 12:09 am
Arturo Montes Larraín
Quiero morir ya dulcemente acá. Durmiendo, sin darme cuenta de ello, en sueño del Paraíso si existe, en caso que Dios quiera. ¡Para qué más en esto! Llega un momento en que al parecer la vida basta de vida. No es más que igual a sí misma. Aburre, cansa, enferma, duele. La esperanza se esfuma. La fe se conceptualiza. El amor se adormece. Hice acá lo que pude haciendo menos de lo que podía, debía y quería. No me corresponde pues rogar un deceso durmiente en sueño tranquilo. Estoy dispuesto a vivir ese paso con más dolor que aquél nunca aún sufrido. Si paso hay. Lo habrá. Quizás dulce. O atormentado. Más allá del dolor sólo hay más dolor: poco más o mucho más no hacen diferencia. El dolor de apaga en el amor del arrepentimiento. Sigue vivo, pero extinguiéndose. ¿Mis pecados? Fornicar, drogarme. ¿Olvido algo? La memoria divina conoce todo, como mis virtudes. No soy el contador moral entre el debe y el haber de mi vida. Es una profesión que nunca me ha atraído. Dios juzga. Si no existe, nadie dicta sentencia. ¿Mi partida duele por dos días a seres que me quieren? ¡No! Ni durante uno. Mi amor a ellos proseguiría eternamente. Conversaremos. Me acaece ya con mis muertos quienes tras petición aconsejan buenamente, una hijita, una abuela, un tío, un hermanito, un amigo, otra gente. Esa conversación es real. Me guía. La conjunción de las almas es su emoción. Muerto me alegro de vuestra alegría. Y casi escribí aquí para bromear en serio que juntos podemos, amén.