Cuando se va perdiendo verdaderamente la fe en la vida humana debido a que ésta pone cada vez más en evidencia la desolación del desamor exterior e interior a sí mismo, el lugar de la fe ya lejana es ocupado por el dolor en el alma y en el cuerpo, por la desconfianza y el escepticismo, por el llanto defensivo de la indiferencia como revestimiento precario y simulado del vacío, por la pérdida de la curiosidad y de la sorpresa, por la crueldad minusválida del envejecimiento en el crujido de los huesos, por el formalismo seco de la oración incluso agnóstica, por el desinterés hacia la niñez, por el miedo a la pobreza material, por el sentimiento del abandono familiar y de la ingratitud, por el deseo exasperado de la muerte, por el recuerdo despreciativo de viejas ilusiones y alegrías, por el aplazamiento rutinario y cotidiano del suicidio, por la sensación de vanidad sobre el pasado acumulado cual instante presente e inminente, por la depresión muda en la mirada, por la rabia reprimida que la fatuidad merodeante juzga como prueba de sabiduría, por la maldita desgracia de haber nacido, por la ficción de alguna sonrisa mecánica, por el adiós a la música y a la lectura, por el desprendimiento inerte y falsamente generoso de los objetos atesorados, por el desdén a los sabores, por la espera nutrida sólo de sí misma, por la más completa asexualidad, por la adicción a la medicina y a los medicamentos, por la comprobación a ojos cerrados de la fealdad corporal ante el espejo, por el adormecimiento embrutecido de día y de noche, por la ceguera insensible ya a la naturaleza y al paso de las estaciones, por el congelamiento desde la médula hasta la piel objetivamente tibia, por la desaplicación a la higiene, por la carencia de emotividad y de compasión, por el inmovilismo, por la televisión encendida que es mirada sin verla, por la incomunicación, por la exigencia autoritaria planteada a los escasos herederos visitantes, por la absolución neutra de los pecados cometidos, por el egoísmo, por la vaguedad en la convicción de la ignorancia propia, por haber sido todo un error y por la fe reducida a fonema.

 

No ello sin algunos restantes y súbitos argumentos de auto-consolación que motivan fugaces momentos de conformidad inmediatamente olvidados. No sin que la sobrevivencia aún prosiga por décadas quizás. No sin que la lista anterior alcance a ser exhaustiva. Y no sin que desaparezca la noción del demonio.

 

Jacques Brel cantó al final que morir, eso no es nada, pero envejecer… No hago mía la filosofía conllevada por todas las palabras precedentes. Tampoco reniego de ellas como si fueran asunto sólo ajeno. No sé, otra vez. Pero seguimos todavía acá. No sin estremecimientos que sacan vida en vida, sí, eterna… Cómo no.

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