¿Cómo amar? Es éste el último espacio como tal acá. ¿Cómo eso, amar? Así no más, sin programarlo salvo de improviso para unas flores, un pantalón, alguna pelota, ese libro o aquella ayuda a un paseante, por ejemplo. El amor no se hace con itinerarios de la acción. Sale solo y vuelve acompañado. Luego se va en conjunto universal y regresa solitario sin ni consigo mismo. Así sucesivamente en vaivenes que no son del espacio ni del tiempo sino del amor hasta cansarse de amar. Pero desde aquí le queda aún un resquicio quizás en parto y tal vez paternal de amor.

Se piensa mucho sobre esto. El cerebro no puede responder y se descalabra frente a su pregunta esencial. De poco sirven sus ejercicios dialécticos, lógicos, bibliográficos, imaginativos, empíricos. El amor es desde sí inútil. No busca resultado salvo por comodidad provisional que así tampoco llena con felicidad incluso adolorida el alma. Resulta indefinible. Es un conjunto de dos o más parábolas prácticas y transitorias que germinan en definitiva tras las espirales precedentes a la elegancia de la elipse delimitada por el más allá. Aquellas parábolas son a fin de cuentas una sola. Se reúnen unificadas por el vendaval del espíritu horadante para la entrada del allá acá y la salida del acá allá en la narración perenne del sembrador. Ambas abrazadas hacen de la encarnación y de la ascensión única parábola matemática y religiosa en la creación. Mas por mucho que se quiebre la mente a fin de dilucidar esto, no lo ha de lograr. Únicamente resta pues como recurso la parabólica música de la trascendente inmanencia terrestre. No faltan quienes llaman a esto mismo, en un lenguaje más prosaico aunque durante siglos versado y rimado, poesía. Veamos.

Duro y dulce es el tronco del árbol que ama a mi mano por él encantada. Hacia el cielo nace entre el nido de hojas una flor. Ésta se golpea contra la nube demasiado cercana que estrecha a los pétalos la imaginación de Dios. Las lágrimas del Señor caen cual lluvia sobre el océano donde secretos fluyen peces. Pasean a veces voladores como soles del viento interior al mar. Las algas del yodo acuático hablan con las raíces de la savia oxigenada que desde las hojas entrega al humus humano la flor caída. Una gaviota se posa serena sobre la roca cercana a tu mirada. Esa piedra está viva por todos los reinos. Su composición química hace arder el corazón mineral de la vegetación animal. Un perro ladra porque una mujer ha muerto en la casa viuda. Reman unos pescadores pobres al atardecer. Miran a ese avión que pasa como sombra cruzada más allá de las estrellas a su temprano despertar. El vapor de la central nuclear aún se divisa en lontananza. Hay grumos de petróleo condensado, dispersos, sobre la arena. Un cazador de conejos saluda ebrio. Su hijo atisba el sonido de la carretera. En la ciudad pasa gente. Las urbes en el orbe se asemejan. Circulan muchos vehículos en repletos cauces de asfalto. Hay ratones sigilosos que substraen alimentos para el can comprados con tarjeta de crédito en el supermercado. El gato aún no regresa. La libertad es previsible. Una muchedumbre se acumula dispersa en el planeta. Las galaxias resultan inobservables para los telescopios estratosféricos. Nunca terminará la guerra santa. Monjes oran en un monasterio grenoblés durante el invierno. Un helecho se seca en aquel balcón proletario. La idea se precede a sí misma. Una hermosa mujer desnuda a quien finges no ver te cruza en la playa. Podría haberse rasado. Hoy os duchasteis con champú y jabón. Nadie sabe qué va a suceder. Los equinos permanecen apacibles tras el terremoto. América no tiene elefantes ni tigres o leones. Mal huele el zoológico. ¿Irás al cine mañana? El queso de cabra vale la pena. La ciencia física no tiene noción sino demasiado aproximada en la práctica sobre el vació y por lo demás la línea de flotación en un barco no es exactamente constante pues depende aun por margen de la atracción subacuática. Alguien sueña con el totem de una garza ardiente.

Ya basta. ¿Vieron? Eso es la música del amar. Pero ella concluye así, y no releo:

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