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Las vocales son aquello por lo cual el lenguaje hace su irrupción sonora: diga “p”, “t”, “b”. etc. sin vocales, no puede. En otros casos, menos numerosos, la vocal es implícita o nasal, pero allí está, como la “u” en “m” o la “e” en “s”, por ejemplo. El castellano tiene cinco vocales (más la “y” = “ii” en latín). El francés, dependiendo de la región… ¡hasta treinta! La complejidad fonética de la lengua francesa proviene de esta realidad, válida no sólo -como es obvio- para un chileno, un italiano, un alemán o un inglés, sino también -aunque no se dé cuenta de ello- para un francés muy educado, quien suele incurrir en errores de pronunciación.
La sutileza de la vocalización gala requiere un gran esfuerzo intelectual comparado, creo yo, a cualquiera otra lengua humana (se me ha aseverado que el turco en este plano es también complejo, si bien menos). Esto se traduce en característicos rasgos faciales e incluso psicológicos, como veremos luego. No obstante que ninguna generalización abusiva sea científicamente admisible. Y recordando que sin generalización no hay ciencia. A ésta es inherente tal inestable contradicción.
Estoy abordando un tema que en mi conocimiento la intelectualidad francesa se ha negado quizás por “olvido” a tratar. A pesar de mis búsquedas, nada en efecto he encontrado sobre lo que diré. Mi aporte tendría pues a lo sumo el valor minúsculo de una conjetura, indispensable -es cierto- para un trabajo realmente científico; cosa que ya nadie serio discute (Einstein, Popper, Adorno, Thom, Lupasco, etc.), exceptuada la mediocridad positivista, empirista y taxonómica de los mandarines habituales, decorados entre sí; y autoritarios. Como tanto huevón sacramentado en Chile.
Esto de las 30 vocales debe tener, en cuanto particularidad que es, alguna razón histórica. Estudié con acuciosidad a este propósito la obra del mejor historiador francés en el siglo XX: Fernand Braudel. Nada. Silencio. De esto no se habla. Sobre ciertos asuntos no se debe sino callar en la democracia francesa, para su estabilidad. Son temas intocables. Por ejemplo, la Resistencia. Hay sin embargo indicios claros sobre el hecho que la gigantesca transformación aludida en la lengua de Molière se produjo durante los dos siglos que tardaron las Cruzadas.
Francia asumió allí la responsabilidad esencial de la llamada Cristiandad, sin Germania e Italia, inexistentes, disgregadas. La clase dirigente francesa, apoyada por algunas tropas inglesas, partió por el “Santo Sepulcro” o el “Arca de la Alianza ”, según el momento, contra la amenaza creciente del “invasor islámico” en Europa, desde el Norte de África (España) y el Medio y Cercano Orientes (Europa Central y Occidental). Los Cruzados franceses partieron poniendo cinturón de castidad a sus esposas. Fáciles llaves ganzúas aumentaron pronto la tasa de natalidad en el Hexágono, transformado en un “carrefour” o plaza de innumerables pobladas llegadas de diversos lugares lingüísticos que transformaron el romanche, aún vigente en los Grissons del campesinado suizo, entonces latín vulgar de pocas vocales, en confuso francés (lo sugiere Eco en “El nombre de la rosa”). Victoriosas resultaron en doscientos años las cruzadas cristianas y es por ello que el Vaticano llama hasta hoy a Francia “fille aimée de l’Église” (hija amada de la Iglesia ), denominación absolutamente excepcional en la Historia. Aunque ahora en dicho país nadie asista a una misa. O aunque Juan Pablo II haya “claudicado” reconociendo de manera asaz curiosa que los valores republicanos y laicos de la Revolución Francesa -Libertad, Igualdad, Fraternidad- que mató a tantos curas sean “en esencia cristianos”.
Así, la fonética proveniente del “melting pot” en dos siglos (X-XII) cambió, mientras se intuía apenas el estilo gótico comenzado en la catedral de Saint-Denis, al norte vecino de Lutetia (París). En esto participaron muchos árabes, antes y después de Poitiers, hasta hoy mismo. Basta para confirmar ello la posterior construcción y el estudio en la catedral de Chartres, a los cuales ya me referí en “Amaneciente Incertidumbre” (no se dónde: busquen, si quieren, no repetiré).
La multiplicidad de las vocales francesas las torna, en el sonido, contiguas si no continuas. No así como acá: a, e, i, o, u; es todo. En cambio, allá, entre “vent” (viento) y “vin” (vino) la diferencia, cruel, es gigantesca. Si Ud. pide viento a un viñatero del Beaujolais, él finalmente se molesta, porque no entiende nada, y menos aún cuando el viento de Ud. puede además ser interpretado como “van”, “von”, “vano”, etc. El francés se exaspera. ¡Qué pesado es!
La vocalización extrema de Francia exige naturalmente un gran ejercicio exterior a los dientes. Los labios son decisivos en su movimiento fuera de la boca. Al mismo tiempo, la exigencia social de cierta precisión fonética se sintetiza como dije en una concentración intelectual para hablar que normalmente hace fruncir la frente, o arrugarla, de modo que poco existe allá la enfermedad de la “frente lisa” tratada por Wilhelm Reich a propósito de la personalidad autoritaria en su libro “La función del orgasmo”. La contigüidad de las vocales sería fuente de democracia…
Hay así una “cara francesa” descrita ya hace siglos por Rabelais: “rostros de trompeta”. No hay gordura allá: el lenguaje ampara de ésta. Pero el esfuerzo cansa. Un estudio norteamericano ha sostenido hace poco que ese país es el más feliz del mundo. Sin dar mayor credibilidad al cuento (pues ¿y Chile?), recuerdo que según investigaciones del C.N.R.S. es allá donde hay más consumo de tranquilizantes y más autismo: ¿No tiene esto ninguna relación con un rechazo precoz a la amada lengua?
Nadie discute que el francés escuchado sea hermosísimo. Yo lo escribo y hablo perfectamente, sin que nadie pueda encontrar ni en el más mínimo detalle mi extranjería. Ello se debe a que fui estudiante y profesor durante 25 años en la mejor Universidad cultural de Francia, ¡por tanto debía responder! Y a que pertenezco a una cultura menor, pequeña, en consecuencia propicia, por arribismo, a una buena imitación: un español puede vivir 40 años en Francia y hablará siempre pésimamente la lengua francesa, por la sencilla razón que eso no le importa ni un bledo.
El francés bien hablado resulta hermoso. ¿Cómo contabilizar esto con el relativamente pobre aporte hecho a la Música en la Historia por la inmensa cultura francesa? Yo creo que la respuesta es sencilla, si se piensa por comparación en Alemania, en Rusia, España, Italia, Hungría, etc., y es que EN FRANCIA SE CANTA HABLANDO. La música -hay Ravel, Debussy, Bizet, Piaf, etc., por cierto- allá transcurre sin necesidad de música propiamente tal, sucede en el metro, en la calle, el amor.
¡Qué antipáticos son los franchutes! Para nada. Basta con pararles en calma el carro al tiro, si se ponen agresivos, y listo, son dóciles, amables, muy generosos. Buenos amigos. Fieles. Fuera de otras virtudes.
Hablo de 1949. Yo tenía 4 años de edad. La familia vivía en la calle República. Transcurría el mes de marzo. Yo tenía aún sólo una hermana, menor; ahora, ocho vivos. Mi mamá me sacaba a pasear por “El Centro”. Vitrineaba, algo compraba, de pronto había lo mejor -un sándwich más un jugo en “ La Novia ”-, otra vuelta por Gath y Chávez (¿así se escribe?), era el tiempo en que yo observaba más que comentaba.
En las “tiendas”, poco me atraían las mercancías por sí mismas: vestidos, zapatos, carteras, pulseras, botones de concha de perla, qué se yo. Sí estaba interesado por los precios. No para hacer comparaciones entre reloj y madeja de lana, sino a fin de verificar la perfecta similitud de las numeraciones. Todo terminaba en 9 y por lo general comenzaba por 9, siendo frecuente el 9 entre el inicio y el final del precio. Esta práctica de seducción comercial sigue viva hasta hoy.
No es que yo fuese superdotado, y aunque así fuera, pero sintiéndome un niño normal como tantos otros o cualquiera ya sospechaba espontáneamente, lo juro, que todos esos 9,999… escondían -al mismo tiempo que revelaban- un tonto espíritu estafador por parte del incógnito comerciante. “Si yo fuere alguna vez vendedor, que no seré -pensaba-, más astuto y ganancioso sería anunciando $8,4.- ó $10,6.-”: números fiables, carentes de encantaciones que suponen al comprador cretino y por tanto, en principio, lo desvían cual insolencia tácita de ese lugar. Pero la Historia no me ha dado la razón. Salvo en un punto personal: salgo lo menos posible de compras, ejercicio aburridísimo que numerosas mujeres continúan curiosamente degustando, ahora en “malls”.
La cábala de $99.999,9.- subsiste, lo se, porque a veces me toca estar a pesar mío -compañía de pareja- en el rasquerío de un supermercado, que termina por sus fatigantes colas. Ahí se me sugiere donar el $1.- sobrante de $9.9.- a una institución de caridad (Ud. sabe). El chilenito tiene vergüenza de decir NO, por lo que pueda pensar la gente de atrás, además le da lo mismo $1.-, pero es debido al “qué dirán” que, “solidario”, acepta, ¡por supuesto!, fingiendo entusiasmo. Yo siempre digo “NO”; y explico: “ninguna confianza tengo en este lugar que además explota sin misericordia a Ud., $1 más $1 multiplicados por un millón… ‘il n’y a pas de petit profit’… esto es una extorsión pública, doy $200.- al niño que está poniendo estas porquerías en las bolsas plásticas, tenga Ud. un buen día”.
Y en la canícula viene en seguida el estacionamiento de Gath y Chávez… menos mal que la casa está fresca, ella y yo nos servimos un trago frío y escuchamos atentamente a Don Francisco en baile con Bolocco…

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