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- Yo se que tú eres un perfecto idiota.
- No sabes ni siquiera quién eres tú, cómo sabrías algo de mí.
- Carezco de toda duda sobre mi ser, lo conozco con exactitud.
- Te felicito, cuéntame.
- No mereces tal esfuerzo, mejor vete.
- Estoy en mi casa y tú de visita, recuérdalo.
- Ya no es así.
- ¿Me robas, entonces, y expulsas, porque no puedo defenderme?
- Sí.
- Pues, hazlo. Total, el idiota soy yo.
- Tú lo has dicho.
- Y tú eres una maravilla de bondad, inteligencia y belleza.
- Amén.
- Pero si yo, el idiota, reconozco tales virtudes en ti…
- Conozco el sofisma: de nada valdría tu reconocimiento…
- Y el idiota serías tú, sin que en esto haya habido ningún sofisma.
- Tu próxima réplica dirá que soy un soberbio.
- No.
- ¿Qué dirá?
- Eres mi hermano a quien amo.
- No te lo creo, me tienes rencor y me envidias.
- Ven, déjame acariciarte.
- No seas paternalista, soy mayor que tú, idiota.
- Te repites.
- Parte de la sabiduría consiste en la repetición.
- Sí: requisito de la memoria…
- Tu desorden intelectual incita a la confusión.
- La memoria fuerte florece del corazón.
- El corazón no es más que un minúsculo músculo.
- Es razón compartida.
- ¿Buscas emocionarme?
- Sí.
- ¿Y con qué finalidad?
- Devuélveme mi pedazo de queque.
- Con una condición.
- Cuál.
- Dime en reciprocidad además justa que soy un idiota.
- No. Te admiro.
- ¡Por qué!
- Porque sí.
- Esa respuesta es infantil, no dice nada, es tautología.
- Si la sabiduría implica repetición, también lo hace la redundancia.
- ¿Dónde está la mamá?
- Ya sabes.
- ¿Veamos televisión?
- No. Escuchemos “El Anillo de los Nibelungos”.
- No me gusta su autor.
- Tampoco a mí, pero sirve para despreciar.
- Tu humo sube, el mío se entierra, es injusto.
- Sí. Allí hay una quijada de burro.
- Yo me ocupo de vegetales, tú de carne.
- Lo siento, ¿soy acaso el guardián de mi hermano?
No releo.

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