Yo ya había tenido relaciones sexuales desde los quince o dieciséis años: ¡no iba a contentarme únicamente con la masturbación!, normal. En mi triste vida sólo cinco vírgenes todas núbiles se me habrán entregado, por su propia voluntad y con mi dubitativo pero varonil y resignado asentimiento: ¡a la pega, macho! Siempre fui muy cuidadoso y luego por ello agradecido. Esa primera sangre desflorada no me producía rechazo. La percibía como un regalo de la emocionante confianza. Las experiencias fueron diferentes en su significación, mas presentaban desde mi punto de vista algo en común y sorprendente: la consecutiva paz en esas lindas jóvenes. No hubo rostros de dolor, de arrugamiento, de ferocidad. No hubo gemidos ni gritos. Por supuesto, tampoco hubo fingimientos de placer. Y ni siquiera, en rigor, verdadero orgasmo suyo, lo cual no me molestaba por considerarlo natural: era un aprendizaje destinado no a mejorar la gimnasia después sino a vivir aquello que estábamos viviendo en ese preciso movimiento histórico. Recuerdo de ellas su respiración, su olor, su receptividad, su tranquilidad moral, su exhaustividad descansada, su falta futurista de miedo al abrazo desnudo de la penetración, su dejarse al tiempo, su dulzura adormecida, sus besos, sus manos susurrando en mi espalda con mi sexo aún reposando erecto dentro de su carne, la escasez deliciosa de las palabras y, para terminar, su relativización serena, no cínica, amorosa, sobre lo ocurrido. Luego partíamos a tomar un helado de barquillo, de lúcuma o plátano, bañado en chocolate. ¡Reíamos paseando por la calle, tomados del alma en las manos!

He escuchado a mujeres para quienes la pérdida de su virginidad fue una experiencia aterradora, dolorosa o francamente decepcionante. La violencia gutural de ciertos hombres, numerosos, las habría transformado en seres desgarrados, si no en disimuladas y tristes lesbianas, a quienes como amigo he conocido luego de haberlas reconocido por el movimiento de su labio inferior. Ese terror suyo se ha transmitido a mí, vive en mí: soy entonces mujer indiferente a la masculinidad, salvo por los hijos, el dinero y el qué dirán, en suma, una vida de mierda con este guatón al lado, irremplazable, porque allí más lejos hay otro igual. Es tremendo pensar cómo una mala desfloración puede causar tanto daño definitivo en la vida de una mujer, hasta su viudez, tardía.

Por último, existe otro tipo de mujer completamente ajena a la sexualidad, allá ellas, y otras eternamente románticas y sentimentales, siempre “vírgenes”, allá ellas.

En lo que me concierne, haber sido desflorado por cinco señoritas en la vida, eyaculando yo con vigor en el lugar religiosamente indicado, es otro regalo de Dios. Y cada una de ellas sabe que lo siento así. Por eso, cuando nos encontramos por “azar” en la calle ahora, el amor renace, está vivo, sonreímos con un beso en la mejilla y nos despedimos, contigo en mí, reafirmando la fidelidad a mi mujer, que nunca he transgredido.

Pero la pregunta es: ¿qué piensan Uds. sobre esto? Ya se que muchas y muchos callarán. Veremos. La puerta está abierta. Entra quien quiera. Sin partuza interior. Juntos pero no revueltos. El aperitivo está preparado por mi mujer, mientras yo escribía esto que envío de inmediato a nuestra digna Administración. No releo esta pérdida perdida.

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