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Quedé hasta hoy consternado. La niñita se suicidó, sin ninguna razón “objetiva”: familia católica de clase alta adinerada, numerosa, educación del mejor nivel (?), amistades, viajes, placeres, regalos, elogios… Conozco al padre, de mi edad. Es una figura pública, cuyo nombre omito, por un mínimo de exigible respeto. Él no ha dado signos de haber sido herido. Continúa su poco interesante rutina como si nada hubiese ocurrido. ¿La procesión va por dentro? No. En una situación tan extrema como ésta, el duelo no puede dejar de notarse. Para suprimirlo de manera eficiente, es necesario erradicar de sí todo sentimiento de culpabilidad, lo cual se logra asignando la culpa a la hija: arrebato de locura, morbilidad cerebral en crisis puntual, etc. La buena conciencia propia es tan manipulable que -en aras de mantenerla inmaculada- ella es capaz de rendir perfectamente inconsciente el hecho haber urdido su inocencia, tornándola real y objetiva no sólo para sí sino también -“last but not least”- para el entorno familiar y social: incluso para mí. Así, la responsabilidad por cierto lamentable del acto recae únicamente en la niña. Tal es la verdad histórica. Y la vida sigue su curso, serena, para el “bien” de todos.
Las estadísticas mundiales del suicidio lo minimizan, porque su visibilidad avergüenza y acusa, más aún tratándose de jóvenes y, peor, de niños y niñas, sin embargo en comprobado y dramático aumento, sobre todo, “curiosamente”, entre estas últimas. Sobre las causas, múltiples, de tal proceso ya bien implantado y a mi juicio irreversible sin una improbable revolución espiritual de la vida humana, se hacen listas redundantes que no aportan nada, salvo breves catecismos de la obviedad, cuya “virtud” tranquilizante permite ignorar con pusilanimidad el problema. Esos catecismos, esas listas y esas causan pueden ser sintetizados así: se suicida quien ve en la vida tal cual es y en las perspectivas tales cuales se le presentan una pura mierda donde dominan la mentira, el tedio, la desesperanza y el odio; y donde ni siquiera la “Buena Nueva” de Jesús valió la pena (“el infierno está aquí”, según -reitero- Juan Pablo II). De modo que: “Chao”. Y punto.
Estudiando hoy este tema, hallé que entre las numerosas causas del suicidio infantil y adolescente figura el deseo de castigar al “mundo” (cualquiera sea la forma que éste asuma), llevadero a darse la muerte. Pero ya he dicho que de este castigo cualquiera persona puede cómodamente huir. Después pensé que el próximo suicida está capacitado para imaginar la irrelevancia de su castigo y que la indiferencia de este modo prevista es el verdadero y último empujón que él recibe para lanzarse aquí y ahora al vacío: “si incluso los seres a pesar de todo por mí queridos viven como insignificante mi muerte, con mayor viven así mi vida, por tanto…” (cf., en este sitio, el espacio que habla de Poulantzas matándose en París).
Tengo la impresión no analizada que tal interpretación mía podría ser válida, “mutatis mutandis”, para las otras causas de suicidio. En todas ellas, aun “clínicas”, al sentimiento que la vida es una mierda seguiría la convicción de ser alguien despreciable.
Es en los países desarrollados donde más gente se suicida. Inquietante, ¿no?
La primera frase de un texto ejerce una influencia directa sobre la segunda e indirecta sobre el resto. Como por ejemplo aquí mismo. En efecto, sin ella no estaría Ud. leyendo esta tercera frase ni las siguientes. ¿Cuáles serán? ¿De qué tratarán? Ud. al igual que yo lo ignoramos. La diferencia radica en que para mí el texto no está hecho sino haciéndose, lo cual me crea una sensación de nerviosismo y de duda. En circunstancias que para Ud. el conjunto aún inexistente ya está armado, es un todo manipulable. Así, Ud. puede ir de inmediato a la última frase, ver hacia dónde voy -cosa que yo no se-, leer en diagonal o no leer en absoluto, por haber ya comprendido que esto no presenta ningún interés y que carece de sentido; lo cual -temo- puede resultar verdadero. De allí mi duda aludida: ¿no constituye una falta de respeto hacia Ud. escribirle para no decir nada, sin proyecto alguno salvo seguir escribiendo que escribo como en este instante, a la espera de una pista que eventualmente surja en el desarrollo irresponsable e improvisado de la obra? Si así fuere, la duda se agrava por un sentimiento de culpabilidad que se ha insertado ya -y en verdad desde la primera frase- en mí. Pues no tengo el derecho de hacerle perder el tiempo en algo que, siendo para mí una búsqueda del texto mediante su realización, podría parecer a Ud. con razón una estúpida tomadura de pelo, disuasiva de leer otra vez algo mío y llevadera por natural reciprocidad a que para Ud. mi nombre y este sitio sean indignos de consideración y de respeto; cosa que me disgustaría en grado sumo, por haber yo cometido a sus ojos un acto hasta cierto punto moralmente reprobable y en consecuencia también para mí. Debo por tanto hallar con urgencia una justificación válida para que la lectura de esto le signifique ojalá un aporte o por lo menos algo atractivo. Pero estoy con la cabeza vacía. De allí el nerviosismo antes mencionado. Duda, culpabilidad, nerviosismo: tales son así las bases psicológicas sobre las cuales se va fundando el nacimiento de la presente palabrería, evocativa de un normal discurso político. La única circunstancia atenuante que yo puedo indicar sin mentir es de carácter profesional: a fin que “Amaneciente Incertidumbre” se mantenga en vida, yo DEBO escribir. ¿Sobre qué? Ya se ha visto, los temas son diversos y su tratamiento ha sido de calidad variable. A pesar de esto, la cantidad de visitas aquí recibidas es enorme, sorprendente y demostrativa de la virtuosa paciencia bien chilena que tienen mis lectores, como desde luego Ud. Y ahora sí miento: es precisamente sobre tal virtud teologal que quería referirme al iniciar estas líneas.
El ejercicio práctico ya está hecho: Ud. ha leído pacientemente lo anterior (si no fuera así, no estaría en este paréntesis, donde como ve está, por su propia voluntad), que no dice estrictamente nada, salvo lo que dice; y sigue haciéndolo, mientras yo sonrío y Ud. -espero- también. Para mí es un placer que la gente se burle de mí, pues me considero ridículo y digno de burla, es decir, comprendido. Pero la virtud nacional de la paciencia -que presenta excepciones- es ambigua. Aceptamos lo que venga: colas, burocracia, pobreza, inseguridad, bocinazos, atropellos, farándulas, publicidades, niños, comistrajos, etc., y tendemos a responder con la misma moneda, criticando a los demás que también somos, acordes en una frase, con suspiro: “estamos en Chile…” o, más original, “es Chile…”. Así, yo no me respeto, Ud. no se respeta, Ud. no me respeta, yo no respeto a Ud., etc. Tal cual lo prueba la complicidad entre Ud. y yo en este texto.
La paciencia degenera de este modo en irrespetuosidad e incluso en indignidad. Y ni siquiera se ahora cómo titular esta sarta de pavadas. Ayúdeme. ¿“La Literatura”? No. Plagiaré a Lacan, para dar una impresión inicial de intelectualidad a lo anterior, pero sin decir hasta ahora que la palabra es de Lacan.
¿No cree Ud. que la inmensa mayoría de los textos se hace como éste de hoy? Yo creo que sí, sólo que no se lo dice. Es lo que Buñuel llamó: “El fantasma de la libertad”. O Georges Lavau: “La verbo-locomoción”. Ausencia relativa de memoria en el texto: palabras traen palabras. ¿Sin interés? A estas alturas, da lo mismo, veremos las consecuencias: THE END. Avergonzado, no releo. Otra vez miento: releí. Y envío.

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