Este cuento se inspira remotamente en Poe

(cf. “Historias Extraordinarias”).

 

Ya he quizás narrado aquí esto. No importa.

 

Sería fastidioso verificarlo y tonto omitirlo.

 

 

Transcurría el año 1963. Era invierno y lloviznaba. Era lunes de media mañana. El viudo iba solo hacia la pinacoteca. Entró. Paseaba allí observando los cuadros con la mente puesta lejos, puesta en qué había sido su vida: “nada”. De pronto se detuvo ante un retrato oval que miró atentamente. Fecha: 1886. Representaba el busto de una hermosa mujer todavía joven. El señor desconocía el nombre del pintor. Viendo ese rostro, sintió que crecía en él una emoción extraña, la cual culminó en esta exclamación silenciosa de su alma:

 

- ¡Parecería que esta mujer estuviese VIVA!

 

Sin evidenciar en sus rasgos sorpresa alguna, pidió al guardián de esa sala una información sobre aquel retrato,

 

- No se.

 

Pero comprendiendo que se hallaba ante un visitante mayor, adusto, serio, en suma digno de respeto, agregó:

 

- Puede consultar con el director del museo, cuya oficina está allí.

 

El director, amable, lo encaminó a los archivos, sacó un libro polvoriento, buscó la página adecuada y dijo:

 

- Tome asiento y su tiempo.

 

- Muchas gracias.

 

Y leyó.

 

En resumen, la mujer era la esposa del autor, quien pintaba a otras mujeres, pero a la suya no, a pesar de las reiteradas peticiones ausentes de todo celo que ella le formulaba para que la tomase aunque fuese sólo una vez como modelo. Muy jóvenes, ambos, se amaban, y así lo atestiguaron todos sus conocidos.

 

- No. A ti no.

 

Ella insistía. Transcurría el tiempo. Hasta que para la sorpresa de ella él le dijo:

 

- Posa.

 

Era tanto el amor que el marido experimentaba por ella que quería que ese amor se transmitiese no sólo en el resultado del retrato como tal sino, para optimizarlo, en el movimiento mismo de ir pintándola, de modo que en este proceso de acaparamiento amoroso él realmente iba olvidando el paso de las horas, olvidaba a la pintura misma como producto en realización, olvidaba el proceso de su movimiento corporal, olvidaba incluso por la fuerza del amor a la noción de su amor y olvidaba a la esposa que allí posaba. Y era tanto el amor que ella experimentaba por él que, recíprocamente, olvidaba el hecho de estar posando, olvidaba la incomodidad de aquel alto taburete, olvidaba su hambre y su sed, olvidaba su cansancio y su palidez. Hasta que justo cuando él dio el último pincelazo sobre la tela así ya terminada ella se desplomó ya muerta al suelo, y “es por todo esto -concluyó el visitante- que en el retrato ella parece VIVA”.

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