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La prioridad inmediata y estratégica en la política económica de Chile es la inversión destinada a la autonomía relativa en materia energética. La dependencia actual es obvia y gigantesca. Resulta absurdo hablar como se hace de prioridades múltiples y mal supuestamente equilibradas entre sí. Esta indefinición denota por lo menos una falta de valentía intelectual y una irresponsabilidad grave.

Los inmensos recursos acumulados por el alto precio del cobre permiten que ellos sean destinados sin crear desequilibrios macroeconómicos a esta necesidad crucial. Ella es crucial para el crecimiento en el conjunto de la actividad productiva, al cual dicha inversión por sí misma contribuye. Lo es además por razones evidentes para la seguridad nacional en el actual contexto geopolítico, que felizmente no presenta amenazas relevantes pero exige una prevención hoy inexistente. Además, la prioridad entregada y realizada en el sector energético representa un impulso decisivo para la generación de pleno empleo, reduciendo a más que la mitad la tasa vigente de cesantía, cifrada en 8.5%, es decir, en un nivel comparable a los pocos países del mundo donde esa tasa se sitúa alrededor de 4%. Como si esto fuera poco, dicha asignación de los recursos disponibles significa a través del empleo una disminución drástica de la desigualdad social que aqueja a Chile, donde la pésima distribución del ingreso detenta la vergonzosa medalla de bronce en todo el mundo. Al mismo tiempo, la desigualdad y el desempleo existentes constituyen -mucho más que la pobreza, cuando ésta ha alcanzado niveles de dignidad aceptables- la causa principal para la juventud de la violencia, de la delincuencia y de la drogadicción, porque la ostentosa extrema riqueza comparativa es percibida como una bofetada y como un insulto comprensiblemente incitativo de tales comportamientos. De paso, éstos engendran un contexto donde se combinan el miedo ciudadano, el stress deprimente y mórbido del desaliento colectivo, el encarcelamiento segmentado y proteccionista de los individuos y de las familias y la ruptura creciente del lazo social: en resumen, una realidad excluyente de toda alegría, sin hablar de felicidad. Esto se traduce por ejemplo para un europeo o un norteamericano que llega a Santiago de Chile en la visión de un grupo humano donde prácticamente nadie sonríe. Y la observación inversa ocurre al chileno cuando llega a París o a Nueva York.

¡Qué cultura puede yacer en tal realidad! ¡Misérrima!

La prioridad aquí planteada, en caso de ser ejecutada, envuelve además de manera automática una aceleración del proceso de descentralización y de desarrollo regional, porque las fuentes potenciales de energía se hallan dispersas a lo largo de todo el territorio. Ello en general es por sí mismo benéfico, lo cual resulta evidente no dando entre muchos otros ejemplos sino uno, muy gravitante sobre el empleo, sobre la desigualdad, etc.: la industria de la construcción y de obras públicas. Y lo es en particular para la lucha contra la desertificación hacia el norte, por la inevitable arborización paralela de la tierra entonces allí habitada.

Se charla mucho sobre la calidad de la educación (sería “otra” prioridad, al igual que las políticas directamente redistributivas, siempre a mediano plazo fracasadas y desequilibrantes). Es el blablablá de rigor en todo el mundo. Es tiempo perdido. La calidad de ella no va a mejorar en ninguna parte del planeta mientras no se produzca una revolución espiritual del profesorado que éste no se halla dispuesto a realizar, porque su corporativismo intrínseco lo hace tremendamente conservador y reacio a cualquiera innovación de fondo. Ya me he referido a ello de manera concreta en otro lugar de este sitio; si no me equivoco, en “Poesía de la incertidumbre”. Probablemente volveré sobre este asunto, pero no ahora, a fin de no irme por las ramas. La mediocridad educativa es por el momento un hecho de la causa, por lo demás funcional para un concepto también mediocre de la estabilidad política, económica y social, que requiere la existencia de una población dócil y poco imaginativa.

Lo que sí quiero destacar aquí es que no obstante lo anterior la inversión energética provoca desde su propia aplicación un desarrollo si no cualitativo por lo menos cuantitativo de la educación, aunque sólo sea de tipo especializado.

El efecto en cascada, positivo, que se ha sugerido debe recaer en fuentes de energía que son diversas, que son limpias, que los expertos honestos e inteligentes conocen y que existen. Ellas incluyen la energía nuclear. El miedo a instalarla revela el alto grado de desconfianza que deposita la clase política chilena en sus trabajadores cualquiera sea su jerarquía profesional. Esa desconfianza se extiende a la efectividad que puede tener sobre ellos la formación practicada por expertos extranjeros cuya excelencia está comprobada. 80% de la energía en Francia proviene del sector nuclear. La construcción de centrales nucleares fue suspendida en 1981 por Mitterrand. Hoy está programada la construcción de nuevas centrales.

Por último, para citar dos ejemplos complementarios, cabe recordar que la energía del sol en el norte de Chile es quizás por km. cuadrado y por su extensión la más elevada del planeta; o que los fuertes vientos magallánicos son una constante en un gran territorial. Sin hablar de otros microclimas de sol y viento también aprovechables ni de otras fuentes energéticas igualmente utilizables.

La opción del gobierno parece orientarse principalmente al ahorro de dólares en bancos extranjeros. Considero que esa asignación de recursos, dado lo expuesto, representa un crimen incluso cultural. Y que la responsabilidad en esta materia es de orden exactamente político.

Pido al Paracleto que guíe estas palabras libres. Un guía no es el amo de su esclavo. No soy esclavo.

Al nacer fui bautizado católico. No dejaré de ser católico. Pero no establezco una sinonimia en la significación para mí entre Cristo y la Iglesia católica. Sin hablar del pasado ni de individuos, hay escrituras, tradiciones y hechos de ésta que proviniendo de sus más altas jerarquías contradicen según mi conciencia a Cristo. La lista siguiente no es exhaustiva.

1.- La pompa, el dinero, el patrimonio que considero escandalosos.

2.- El celibato que infantiliza la sexualidad seminarista o monástica, la hace proclive a la homosexualidad y a la pedofilia y no impide a los curas dictar cátedra sin recato sobre experiencias de vida que les son ajenas, como el matrimonio, la contracepción, el aborto o el divorcio.

3.- La subordinación de la mujer a un rango inferior que el hombre respecto sobre todo del sacerdocio.

4.- El dogma de la infalibilidad papal en materias de dogma que desde su formulación tautológica estimo carente de inteligencia, sin hablar del totalitarismo que su contenido conlleva.

5.- La tendencia al dogmatismo en general que busca imponerse a la conciencia personal inhibiendo la libertad que Dios le dio, incluso para pecar y también, claramente, para ser virtuosa.

6.- La liturgia exacerbada que aburre, desalienta y aleja de la Iglesia sobre todo a la juventud.

7.- El vínculo estrecho aunque camuflado de la Jerarquía con las clases sociales más poderosas en lo económico y lo político.

8.- Su inclinación al integrismo moral en las palabras a menudo desmentidas por los hechos, es decir, la hipocresía.

9.- El hecho de tener respuesta a todo, que no convence ni está convencida, lo cual se nota y produce por tanto efectos negativos sobre quienes la reciben.

10.- El carácter insulso e inculto que revisten por lo común los sermones y las prédicas.

11.- La confesión como método penitente de borrar los pecados y el concepto de pecado mortal.

12.- La descripción eclesiástica de Dios cuya validez supondría una superioridad cognitiva del intérprete sobre Dios.

13.- La supervivencia de fetichismos tontos incluso en el Credo, como por solo ejemplo aquello de acuerdo con lo cual Cristo está sentado a la diestra de Dios Padre, expresión que al ser criticada es explicada cual simple simbolismo, recurso huidizo y habitual que se da ante todo este tipo de fetiche, idiotizando la fe, si ésta se satisface con tal recurso.

14.- El antropocentrismo no ya ptolomeico pero sí del hombre en la Tierra.

15.- La aceptación en el Nuevo Catecismo de la pena de muerte y de la guerra en casos excepcionales no precisados y según yo nunca justificables.

16.- La noción de pecado original, mantenida a pesar del Salvador.

17.- El clasismo incluso interno de la Iglesia, corroborado por hechos como que el obispo Cox esté en el Vaticano y el cura Tato en la cárcel.

18.- La relación de la Curia con la mafia siciliana de la cual fue presuntamente víctima mortal Juan Pablo I en su búsqueda por eliminar tal criminal vínculo (Banco Ambrosiano, caso Calvi).

19.- La connotación despectiva que subsiste en el rechazo oficial a la “fe del carbonero”, ese ignorante, y la insinuación paralela sobre el carácter científico de la teología, que recuerda a los Doctores de la Ley.

20.- Bien examinada en sus propias palabras, la autodefinición de “Una, Santa, Católica (es decir Universal), Apostólica y Romana (?) Iglesia” es demostrativa de la más completa Soberbia… mientras se exalta la “humildad”.

El culto católico a María es un paliativo honroso pero insuficiente contra el propio machismo vaticano. Juan Pablo I llegó incluso a decir “Dios: Padre y Madre a la vez”. Este germen de revolución conceptual fue sin embargo de inmediato y hasta hoy silenciado. Ese Papa y Juan XXIII son quienes más favorablemente han impresionado desde Roma mi vida consciente. Conozco curas maravillosos. Veo en ellos la excepción que confirma la regla.

Al paso que va, la Iglesia será dentro de un Siglo una secta económicamente muy rica, con su patrimonio arquitectónico, pictórico, etc. transformado en rentables museos -proceso ya en curso-, con sus guardias suizos instalados al frente de un gigantesco Banco Católico en Ginebra y con una feligresía ya mundialmente irrelevante y decadente. ¿Exagero? Sí. Pero poco. Y quizás nada. Asistimos a una organización del suicidio eclesiástico que recuerda a Luis XIV, “el Rey Sol”: “Después de mí, el Diluvio”.

Estoy pues preocupado. Ninguno de los 20 ejemplos antedichos corresponde en nada a la enseñanza de Cristo. Mejor dicho, todos y cada uno la contradicen. Todos son gravísimos. Y no veo a ninguno que se aparte de la realidad. Hoy celebraremos la Navidad ante contritos ademanes cardenalicios que condenarán la locura consumista de la boca para afuera en medio de un discurso religioso sobre el niñito Jesús, la paz y el amor que estará desmentido desde la ostentosa vestimenta por nuestro lógicamente aristocrático Arzobispo.

Si yo no fuese católico, nada de esto me afectaría. Pero lo soy y me afecta. No creo ser el único a quien esto ocurra. Muchísimos católicos querríamos otra realidad. Yo tenía 17 años, cursaba 1º año de Derecho en la PUC, cuando la revista de “Pax Romana” (!) me pidió un artículo sobre el tema religioso que yo escogiese. Esa revista de circulación selectiva publicó el texto. Era una crítica que hoy confirmo ante una situación en mi concepto agravada. Tenía por título: “El divorcio entre Cristo y la Iglesia”.

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