Si “la única manera de equivocarse consiste en hacer sufrir y por repercusión en hacerse sufrir” (Albert Camus, en “Calígula”), lo normal es que el agresor físico y/o intelectual, así por sí mismo agredido y sufriente, pida con veracidad perdón, el cual, una vez solicitado explícita o implícitamente (¿Pinochet), puede o no (¿el PC?) serle concedido, resultado que no depende ya de aquél, sino de la persona inicialmente agredida y por esto sufriente (¿el PC?). Aquí se trata de la agresividad no física sino intelectual, como existió por ejemplo en grado agudo durante la “querella alemana de ciencias sociales” (1951-1961), donde Adorno y Popper no escatimaron esfuerzos para atacarse, sin insultos, claro. El matemático Thom se pregunta, siguiendo a Szilard, qué funda a la agresividad, concluyendo que ésta tiene por bases combinadas al miedo y a la cólera: sin nada de miedo ni de cólera entre dos personas hay máxima paz; con miedo total y con cólera total hay máxima agresividad. Entre ambos extremos, en grados variables y dinámicos, existen miedo sin cólera y cólera sin miedo. Prototipos podrían ser, de la primera situación, el niño humillado por su padre y, de la segunda, el padre ya anciano humillado por el hijo ya adulto. Allá, se enfrentan miedo sin cólera (el niño) ante cólera sin miedo (el padre); y acá, recíprocamente, es obvio, cólera sin miedo (el padre) ante miedo sin cólera (el niño). Naturalmente, estos conceptos no son puros. Así, al interior de la cólera absoluta hay algún miedo relativo respecto del adversario y de sí mismo; y al interior del miedo absoluto hay alguna cólera relativa respecto del adversario y de sí mismo. Más concretamente, se puede decir que el niño intimidado piensa que algún día se vengará, lo que el padre encolerizado percibe y anticipa como una amenaza viable. Este conjunto de relaciones dinámicas resultan en una derrota o un triunfo de significaciones múltiples y variables, que como derrota o triunfo son por lo general transitorios, es decir, intercambiables o reconciliatorios. Jugando en el conjunto del proceso un papel decisivo la fuerza diferencial de los contrincantes y sus desplazamientos dentro del “ring” intelectual, que es siempre a la vez emotivo: indiferencia, odio y amor combinatorios por contradicciones o complementariedades de carácter bilateral o unilateral. La escena descrita puede ser hallada en otros escenarios, por ejemplo en la política o en la guerra. Y en su evolución influyen factores exteriores al ring, como la actitud del “público”, cualquiera sea éste. Pero una variable muy importante, quizás decisiva para el “resultado”, es, más allá de las fuerzas cognitivas existentes en cada luchador, el desplazamiento mutuo de ellos. Hijo y padre se mueven, “ven” el movimiento del otro, intuyen allí su semántica y la potencialidad de ésta, pero, sobre todo, perciben qué está representando el más atrás u horizonte intangible del movimiento tangible acá: si allá se divisa una disposición a más o menos cólera, si a más o menos miedo. Tal representación del más allá hace eco, “atraviesa” hacia acá al otro y afecta concretamente a su otro, cambiando su propia posición entre la cólera y el miedo. En política, esto puede ser observado por ejemplo del modo siguiente: viéndose la oposición a la dictadura perdida en la interlocución dominada dentro de la primera por la cólera y el miedo (“¡y va a caer!”), va comprendiendo que debe bajar los niveles de ambos (“trampa mortal”, dijo Jaime Guzmán, “táctica diabólica”, añadió Pinochet, tras ser firmado en 1985 el Acuerdo Nacional) y, desconcertada ante el nuevo panorama que ve más allá, la dictadura considera el espectáculo general, comienza a contradecirse (enero de 1985) y se ve llevada a aplacar -“nos guste o no nos guste”- su propia agresividad; como, en esencia, ocurrió, hasta el triunfo del “no” plebiscitario y hasta el proceso de reconciliación aún en curso. O como ocurrirá, espero, entre don Carlos Riquelme -a quien pido perdón por mi agresión de ayer- y yo. La causa de esa agresión verbal está escrita en mi referido texto, basado por impuso irreflexivo en el suyo inmediatamente anterior. Pero, reflexión hecha, jamás debí reaccionar así. AML.
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41 comentarios
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noviembre 20, 2006 a 2:25 pm
Arturo Montes Larraín
Por más que uno se esfuerce para evitar errores, de éstos JAMÁS deja de quedar más que uno, c’est la vie, donde el asunto consiste no en obtener como resultado que haya sido infalible sino por respeto en que haya allí la menor cantidad posible de errores tanto de forma como de fondo.
noviembre 20, 2006 a 2:59 pm
Administrador
Recodé de paso a Girardi no GIRARD…La infabilidad es solo de S.S (no Schultz Staffel)
noviembre 20, 2006 a 3:42 pm
Rogelio Blanco Traverso
“Perdonar no es fácil, es dar cuando uno todavía está lástimado y sangrando por dentro.”
No sé quien dijo esto, pero tiene razón.
El perdón no es lo mismo que el olvido, obvio, ya que lo primero da al otro la condición de ser con importancia, y lo segundo no le da al otro más que indiferencia, o sea, algo sin importancia.
El pedir perdón es una capacidad que sólo tienen los seres que saben del respeto hacia otros, que pueden ver a otros como iguales, sin importar en que nivel están ambos en el momento de pedir perdón.
Pedir perdón enaltece. Ignorar el perdón pedido, degrada.
Pedir perdón no sólo es una capacidad humana, lo he visto en animales, y refleja pureza de alma, aunque lo que nos hace pedir perdón haya sido una reacción emocional, no atribuible a un alma pura.
(Pienso: Redundancia, las reacciones son siempre emocionales, aunque don Arturo encontrará el ejemplo en el cual esto no es siempre cierto.)
Pedir perdón es bueno y bueno es quien pide perdón.
noviembre 20, 2006 a 4:31 pm
Arturo Montes Larraín
Rogelio:
Agradezco de corazón el amor que me llega de su comunicación. Me resulta incierto que sea merecido. Además, uno no debe estar constantemente poniéndose en la condición moral, a fin de cuentas cómoda y rentable, de pedir cada día perdón, para ser catalogado como “bueno”. Uno se debe poner en condiciones, al contrario, de no tener por qué pedir tantas veces perdón, perdón, perdón. Situación a la cual me resta aún un buen camino para alcanzar. Eso sí, salvo excepción ojalá superable, yo perdono con facilidad, y no por simple olvido, aunque después de perdonar uno haya olvidado, como deber ser, que había perdonado. Gracias.
noviembre 20, 2006 a 5:25 pm
Rogelio Blanco Traverso
“…..aunque después de perdonar uno haya olvidado, como deber ser, que había perdonado.”
Exacto. Eso es bondad.
noviembre 20, 2006 a 6:13 pm
Arturo Montes Larraín
Rogelio:
No le eche en la olla. Capaz que le crea y me canonice a mí mismo como ahora en vida, sería el 1º San Arturo Viviente, claro que lo merezco, ¡he cometido tantos milagros, si le contase, pero la sacra humildad me lo impide, y sí, soy católico, consigo a mi diestra!
noviembre 20, 2006 a 7:06 pm
Rogelio Blanco Traverso
Falta a todos mucho para ser santos, pero siendo bueno se empieza.
Ser bueno es no actuar con maldad, aunque por naturaleza, actuamos con error, que no es lo mismo.
Si se va a canonizar, avise para celebrarlo. Menos mal que ha cometido , y no perpetrado, muchos milagros.
Saludos, don Arturo.
noviembre 24, 2006 a 2:00 pm
Arturo Montes Larraín
El asesinato con premeditación y alevosía error humano es.
abril 29, 2007 a 2:37 am
Arturo Montes Larraín
No se puede verdaderamente perdonar desde tu alma los crímenes cometidos por la suya contra ti, sin que el perdón esté preñado en ti gracias al sufrimiento pujando desde el prontuario de tu propia malevosía. Es sólo a partir de tal recogimiento sufriente sobre ti que estarías en condiciones técnicas adecuadas para perdonar gratuitamente y, luego, por añadidura, sentir alivio, respirar y disfrutar. Te lo deseo. Nos lo deseamos. Pero circula gente tonta y agria por estos parajes. Se nutre del rencor a sí misma que se le diluye mediante el rencor al resto del mundo. Dilución de lastimosa ilusión. ¿Qué hacer con ella, sino darle en la mirada algo de tu paz? Cosa indispensable por ejemplo en política. Parto a la cama.
enero 26, 2008 a 11:54 am
Arturo Montes Larraín
Cínico es perdonar de antemano.
No hay perdón humano que sea ininterrumpido, pues si bien perdón y olvido no son la misma cosa la memoria conserva siempre por saltos un rencor temporalmente anulativo del perdón antes concedido y luego quizás repuesto.
Comprender el mal es ya haberlo perdonado.
El perdón no olvida salvo por acostumbramiento o senilidad.
El perdón es compasión recordativa del mal causado por otro que mantiene en consideración el mal de uno y los comparte como si uno fuera el otro y quizás el otro uno.
El perdón es humilde mas no exhibe su humildad, sin por esto cavarla, sólo la deja estar.
Parecido al amor es el perdón.
El rencor desgarra el alma.
No se lucha ni siquiera por oración contra el rencor, por ella en lógica prácticamente reforzado, dado que la oración válida es espontánea.
Puede haber letanía en la espontaneidad.
El cerebro afectivo de la humanidad nada bota, en sus rincones siguen vivos el óvulo, el espermatozoide, la preconcepción y Dios.
Dios sonríe comprensivo ante el alma que lo niega.
Hay falsos perdones que sólo Dios perdonaría.
No habrá Juicio Final, la Creación está absuelta, el Apocalipsis ya aconteció, está detrás de nosotros, por delante queda el fin de la vida en la vida.
Señor Jesucristo, ten piedad de mí (Siglo V), ten piedad de mí, Señor Jesucristo (ejercicios respiratorios ya explicados, de origen maronita).
¿Es posible pedir perdón por el dolor propio que se sufre en todo el cuerpo y en toda el alma?, ¿es posible pedirlo en su insoportable finitud?
¿Alguna vez rió Jesús, cuándo?
Otorgarse el derecho y la autoridad humanos de perdonar soberbio es.
Nada decir dice.
Un exceso enorme de torpe desentendimiento nos corroe por doquier.
¿Por qué, Dios nuestro?, sí, por nuestra libertad.
Llora el alma de los niños y de los viejos abandonados.
Llora el alma de las madres condenadas a la prostitución.
Llora el alma de los adultos extraviados en el amor.
Llora el alma de los bosques masacrados.
Llora el alma de las rocas, de Jeremías, de las ballenas, de la flor, de los vientos, la estrella, los límites del universo, el más allá, los alcatraces, la cárcel, las mías, tú.
Alegría brota de la reunión en la tristeza.
A nadie gustan las trompetas celestiales.
Alegría surge del cementerio en la alegría.
Permanente es la felicidad de los huesos.
Perdonan pidiendo perdón, ambas acciones se acumulan.
Así sea.
enero 26, 2008 a 7:48 pm
Luis E. Reyes
Perdonar. No creo en la relación Hombre-Perdón. Perdonar es divino. “Te perdono” Falsa piedad humana.
Estimado Arturo ¿Por qué “conocer el mal es ya haberlo perdonado?” Leí de ti, en otros textos dicha frase. No quise hacer la pregunta de manera inmediata. La dejé conmigo algún tiempo hasta ahora.
Un abrazo y mí aprecio.
enero 26, 2008 a 10:21 pm
Arturo Montes Larraín
Si tú verdaderamente comprendes el mal del Mamo o de Altamirano ya deja de ser mal, por haberlo íntimamente comprendido. Nadie discierne a la perfección qué ocurre en el alma humana. Soy incapaz de juzgarla salvo quizás en mí. Yo sí creo en el perdón entre nosotros, aunque débil sea. La frase es de Vladimir Jankélévitch como dije en su libro “El Perdón”. Tienes buena memoria, excepto por el título y el nombre: francés, judío, ruso. Perdonar no es sólo divino, LER. Yo y tú también podemos perdonarnos. Hoy es un anochecer entristecido. Una joven vendrá pronto. Eché a mi mujer. La sexualidad se me extingue. Dios se mofa de nuestros pecados. Buenas noches. Un abrazo y mi amistad. Arturo.
enero 26, 2008 a 10:35 pm
Arturo Montes Larraín
Comprender el mal es ya haberlo perdonado. ¿Cómo haber perdonado sin comprenderlo? ¿Se comprende en verdad algo? ¿Perdono? Hay cosas que nunca he perdonado ni perdonaré, roído y royendo cual rata por eterno rencor, lástima es, pero así es. ¡Eli, Eli, lama sabachtani! El perdón se retracta de sí mismo incluso por Jesús, tan humano. Así nos dañamos. Tan fácil sería que no fuera de este modo. Por qué no.
enero 27, 2008 a 10:48 am
Luis E. Reyes
Lejos estamos de ejercer el perdón, Arturo ¿Será que acepto la idea de un ‘perdón’ contenido en el silencio? La frase “Te perdono” invalida el perdón, es una sentencia de un no olvidar el supuesto daño recibido. Lo lamento, intuyo que el perdonar no depende de una decisión humana. Lo demás es, cómo llamarlo, una suerte de razonamiento sofístico.
Mí saludo fraterno, Arturo.
enero 27, 2008 a 6:22 pm
Arturo Montes Larraín
Bueno sería que hubiese, haya y hubiere más gente como tú, creo yo, LER.
enero 28, 2008 a 7:58 am
Arturo Montes Larraín
Lo más personalmente emocionante y hermoso que he leído en A.I. proviene de don Jaime Ubilla. Escribió algo así como que el fallecimiento reciente de su padre se había visto aliviado de antemano por lo aquí dicho a propósito de la muerte. Pensé entonces que con ello mi vida ya tenía justificación, en cuanto intermediario de alguna reflexión benéfica. Pocas veces me han ocurrido situaciones de este tipo. Pero las ha habido. Eso sí, no soy el contador de mi haber.
mayo 18, 2008 a 3:24 am
arturo montes larraín
Hay una dosis de egocentrismo que me avergüenza ahora en la última comunicación de este espacio muy visitado. Sólo agradezco a Dios si alguna palabra salida no sé cómo de aquí ha podido ayudar a Jaime. ¡Qué sé yo sobre la justificación de “mi” vida! Y peores son aún las frases restantes. Los humos me suben a la cabeza por una sola palabra gratificante, incluso apenas hipotética. Sin echarme al suelo, ello da lástima. Admito con dolor esta pequeñez. Yo no había releído este espacio. El tiempo llega. ¿Pidió perdón Cristo por haber quemado a aquella higuera?
mayo 18, 2008 a 4:32 pm
arturo montes larraín
No pude.
mayo 18, 2008 a 8:08 pm
Paloma Ossandón
Sucede
mayo 18, 2008 a 9:49 pm
arturo montes larraín
Eres una Amor, Paloma Abstracta en la Oración por Sí Bemol Mayor con llave de Sol en 4/4: …-
octubre 4, 2008 a 3:11 am
arturo montes larraín
Y otra: pido perdón. Duele hacer doler.
noviembre 23, 2008 a 1:41 am
arturo montes larraín
Perdón señorita, pero, dígame por favor, ¿puedo pedir otra vez perdón a Ud., después de tamaña atrocidad?
- No.
noviembre 24, 2008 a 3:47 am
arturo montes larraín
Ella no dice no. Ella calla. No perdona. No está. Veo su foto cuando escribió poco más arriba y más atrás “sucede”. Sí. Sucede no poder. Se la ve hermosa. Me agradaría estar con ella. Se lo he dicho. Ha respondido sí. Pero no ha ocurrido. Me ha sostenido que algo teme y que el encuentro sucederá pronto. Espero. Varias personas me han dicho que causo temor. Brunner, por ejemplo. No comprendí por qué. Se lo dije. Sonrió: “¡ay, por favor, cómo no vas a saber por qué!”. Se sobreentendía que yo había mentido. Pero no. No sé por qué. Me parece injusto. Sigue ocurriendo. Sucede. Qué le voy a hacer. Nada. Ser menos agresivo. Una mujer en amiga en Francia me dijo: “¡Qué has hecho de tu agresividad, la has perdido, revívela!”. No entiendo. Son dos culturas tan diferentes. Allá si tú tienes valor se te estimula, se busca lo mejor de ti. Acá se te chaquetea. Yo vivo ahora acá. Hasta siempre acá.
marzo 24, 2009 a 8:01 pm
Arturo Montes Larraín
Pido otra vez perdón pero salvo vaguedades como violenta, incestuosa y asesina pedofilia homosexual, que ya no recuerdo, no recuerdo por qué pido otra vez perdón, a no ser que sea por mi creatividad empresarial, cuyo recuerdo olvido, mas no así este abstracto sentimiento de culpa sin causa recordada, debido a la cual pido otra vez perdón al clavel.
abril 18, 2009 a 7:41 am
Arturo Montes Larraín
Mi madre ya muy anciana y adolorida pero lúcida -le resta poco tiempo acá- asegura desde hace muchos años ante mi escepticismo que yo, yo, no conozco el rencor. Me da un poco de risa oír esa ingenuidad a menos que por sabiduría comparativa de ella tal aseveración fuese verdadera, ¡pero no!, ¡siento rencor! ¿De qué?
Principalmente de la traición, creo. Traición mía contra mí mismo y contra ti, traición tuya, traición de Dios quien nos deja abandonados como inexistente en el pantano de la demoníaca y maravillosa libertad.
El perdón es un simulacro incluso íntimo y callado. El perdón no perdona. Salvo a la filiación o desde la senilidad. Y eso.
La niñez suele perdonar sin saber que ha perdonado. Dios perdona por su esencia. “Sed como niños”. El Crucificado es una guagua. Conserva adulto la sabiduría del recién nacido. A cada instante vuelve a nacer. Nicodemo queda perplejo. El niño le habla entonces del viento.
La bondad ajena resulta malvada en cuanto incluso ignorándolo ella suscita envidia en la maldad propia así agravada o en el mejor de los casos estacionaria: veo tu santidad, por tanto te odio, me dañas, te hiero. La complicidad “transversal” por ejemplo política sería entonces virtuosa. La moralidad absoluta es inmoral y además ineficiente, excepto como ejemplaridad para que salvo contadas excepciones cree por celos más inmoralidad. Ya a los siete años de edad, edad de la razón, el niño comprende, se entristece e inicia su maldad hegeliana consistente en la igualdad objetiva de los contrarios.
Morirás sin haber perdonado pidiendo por ello desde un odio otra vez perdón. Mi petición de perdón va cargada de odio, de envidia y rencor.
Por cierto, en todo lo anterior exagero. De lo cual pido perdón.
abril 20, 2009 a 5:17 pm
Juje
muy bueno ja
abril 20, 2009 a 5:24 pm
Juje
pensar que te tendria que sacar de mi listado de favoritos como vos me sacaste a mi hace tanto ya.
que cosa..
no solo hay que perdonar
si se perdona se olvida
sino es a media
a color gris
abril 20, 2009 a 7:13 pm
Arturo Montes Larraín
Tienes razón. Pero yo no te he sacado de ningún listado. Un beso.
abril 20, 2009 a 7:21 pm
juje
no te justifiques, no era un reproche.
si segui entrando es porque no me molesta.
mayo 21, 2009 a 8:28 pm
Arturo Montes Larraín
¿Si hubiera sido un reproche habría yo tenido el derecho de justificarme? ¿No puedo justificarme sin tu hipotético reproche?
Seguiste entrando. Es porque no te molesta. ¿Te agrada entrar? Entra, pues. No me molestas. Eso es, entra, entra, eso es. Entraste. No te molestó. Te agradó. Quieres entrar otra vez. No sé por qué pides perdón para hacerlo pero lo pides. Te lo doy: entra entera. Eso es. Muy bien. No molestes con preguntas, entra cuando quieras, aprovecha, soy tuyo. Pero ahora debo descansar. Perdón.
junio 16, 2009 a 8:54 pm
Juje
Pido perdón. Pido perdón mil veces y no alcanza, debí estar mas cerca, para tí, para ella.
Pido perdón y quedo estática.
Sin embargo me atrevo a pedir.
A rogar.
Pido perdón y exclamo al viento…AYUDAME.
junio 17, 2009 a 1:20 pm
Arturo Montes Larraín
Eres demasiado encantadora como para pedir perdón. Un beso.
junio 18, 2009 a 8:34 pm
Juje
Arturo, tanto vos como Luis han sido un soporte importante en estos momentos.
muchas gracias…
tambien Nancy que me ha escrito y la panchita…
julio 24, 2009 a 9:13 am
Arturo Montes Larraín
Y pido otra vez perdón, ya no sé por qué, será debido al hábito de sentirme culpable por todo, por nada o por el término medio y las correspondientes oscilaciones. Juje: linda.
diciembre 18, 2009 a 7:10 pm
Arturo Montes Larraín
Leí recién lo anterior que con altibajos cualitativos conserva alguna vigencia.
Un beso a Juje desaparecida.
Esto del perdón representa una joda. Nunca es perfecto, salvo como sugerí al haber sido olvidado en cuanto tal.
“Me ofendiste. Te perdoné no sé por qué. Quizás debido al peso pesado de no perdonar. O, mejor, porque sí no más. De modo que el perdón en cuanto tal se borra sin darse cuenta de su tal cual. Olvidé así que te había perdonado. Incluso al reencontrarte sentí sin cálculo alguno una alegría por verte. Hasta que de pronto la memoria me dijo que yo estaba enfadado contigo por culpa tuya, aunque sin ya saber por qué. ¿Por qué? La memoria funcionó. Te había comportado mal, ya sé en qué y por qué. El enfado renace. El perdón se borra. Te detesto. Paso a tu lado fingiendo ignorarte. Me observas apenas. Sigo mi camino empecinado. No te ayudaré más. Soy idiota mas como excusa me resta que idiota soy. Jamás te perdonaré. El perdón de ayer fue verdadero pero la verdad es fugaz. Te odio. Lo comprendes. Me correspondes. Nos odiamos por toda la vida”. Tal es el drama de la eternidad en el perdón. Es un préstamo. Un préstamo con intereses. Nunca algo gratuito. Ello me duele. A ti, según yo, no. Aumenta así este dolor. Te llamo. Insisto en la necesidad de nuestra reciprocidad reconciliatoria. Accedes. Pero son puras palabras. Mi odio se acrecienta. ¿Es eso bueno, Víctor? No. ¿Cómo resolverlo? ¿Ama Dios al Demonio? ¿Te amo yo? Sí. Pero nada tengo que perdonarte, salvo a lo sumo esa renuncia ya lejana, y ni siquiera eso. Pues tienes razón en un punto esencial. El perdón no se pide con cinco letras. Se lo pide o se lo da más bien en el silencio amoroso de los corazones. Las dos sílabas de la palabra perdón cuestan una nada en cuanto tales. Pero -paradoja- menos cuesta el perdón definitivo de la sinceridad. ¿Paradoja? Conjetura. Dios mío, …así como perdonamos a quienes nos ofenden, por favor. Aunque yo no sea perdonado.
marzo 16, 2010 a 6:53 pm
Arturo Montes Larraín
El perdón se ignora pero sobrevive a la vida ignorante de vivir todavía para qué. Para qué. Paraná.
agosto 22, 2010 a 2:45 am
Arturo Montes Larraín
No he releído ahora lo de arriba. Después de escrito eso que sigue acá, si sigue, releería. No recuerdo qué hay al Norte. Debe ser aproximadamente lo de siempre. Pasa el tiempo. No. No pasa. El tiempo está. No se mueve. Sólo se mueve como arruga complementaria o como acercamiento a la noción vívida, por qué no indiferente, de muerte. Quiero morir de preferencia sin dolor. Temo en parte que no será así. No lo merezco. Justo castiga a resucitar en otro peor infierno el ser infinitamente misericordioso. He hecho según mi pesar mal. Poco bien he hecho según mi pesar. Yo pido perdón pero no perdono. De cerebro sí, por conveniencia práctica aunque engañosa incluso para mí y en mí. De corazón muy rara vez perdono en verdad. Cuando lo hago, es sin darme cuenta, y más bien por olvido ante la herida que me habría sido inferida. Perdono en el limbo de mi espiritualidad vacía. No TE perdono. Te perdono a lo sumo de palabra cerebral. No te considero salvo en la neutralidad de algún sueño gris. Y tal mediocre perdón carece de constancia. Sucede a saltos. Se desdice a saltos. No logro hacerlo mejor. Quiero que sea completo. No puedo. Mi corazón está muerto aún en vida. Llego incluso a odiar y a odiarte. Es por cobardía que no te mato o para prolongar acá tu sólo supuesto sufrimiento. Hay maldad en mí. Ella me duele y culpabiliza. Pidiendo perdón es a mí en realidad que lacrimoso entre repugnantes legañas lo pido. Tampoco lo logro. Incurro de este modo en incómoda pero salvadora por instantes en hipocresía de arrepentimiento. Sufro por artificio de esta alma que me resulta desconocida. ¿A quién pido perdón? ¿A ti? Falso es. ¿A Dios? Falso es. No, yo no pido otra vez perdón. Excepto quizás por no pedirlo. No sé. Confundidos nadan en el barro anodino de mí pedir perdón, perdonar, perdonarme. Mi excusa consistiría en mi ignorancia sobre cómo hacer. Ella no carece de validez. Me resulta sin embargo insuficiente. Sin convicción desde el abismo clamo al Señor. ¡Bah, el Señor! ¿Llora mi desamor? Sí. ¿Es ésa mi insatisfactoria forma de redención? Sí. ¿Algo bueno he hecho en la vida? Sí. También lo olvido. No soy contador nocturno de mis bienes en conjetura. No soy el avaro de Molière. No sé qué ni quién soy. Me pierdo en mí mismo surcando la acequia de ser. ¿Soy? Sí. Soy arrogante, hiriente, estúpidamente “sabio” y, por sorpresa, a veces generoso, cualidad de la cual enseguida, adicto a la autodestrucción como debido a ignoro qué, reniego y soy; además, como se lee, tedioso. Señor: pido otra vez perdón. Haz que yo perdones de corazón. Haz que de corazón humilde yo me perdone. Hágase según tu voluntad y no la mía. A ti en el pastizal dulce de tu tierra yo me entrego. Acógeme.
Y ahora quizás releo todo lo de más arriba. Callo, pues, por ahora. Hazme leer bien y encontrar a pesar de mi palabra la tuya. Voy.
———
agosto 22, 2010 a 3:18 am
Arturo Montes Larraín
Releí. No está del todo mal. Un poco repetitivo. Río: ¡coherente! LER: si yo comprendiese de verdad pero de verdad la razón poco razonada de tu alma al mal, si comprendiera tu infancia, si entendiese tus carencias y dolores que pujan sin completo éxito a la bondad, si ya con tanto “si” aquí pero con aún más sí, como que si yo te amase a fondo en tu fragilidad y en ella tu grandeza, sí, si yo te sintiera hijo de Dios nuestro, si viese tu pulsión a ser feliz sin todavía serlo y si en todo este contexto más amplio todavía, hasta humanamente comprenderte, comprenderte, ¿cómo diablos no me hallaría impulsado por lógica afectiva a no perdonar naturalmente un mal tuyo que también ha sido mío y por lo mismo reconozco no sin dolor común? La solidaridad en el mal no es por fuerza mafia. No siempre resulta, eso de comprender el mal es ya haberlo perdonado, pues se lo puede perdonar sin haberlo comprendido. Frecuente es no obstante en este caso que la herida sangre otra vez y que le perdón mienta. Frecuente mas no sempiterno.
Lo llamé.
-¿Perdonémonos?
- ¡Por supuesto!
Pero no. Y yo entonces… tampoco. Los sueños suelen estar cargados de vocación al perdón. Es como si Dios se entrometiese en ellos. En el instante de morir, mi padre -mi Padre- me dijo con su mirada en cierre: “Ah, llegaste. Está bien”. Bienvenido, hijo pródigo. Quien ¿se fue otra vez?
agosto 22, 2010 a 3:51 am
Arturo Montes Larraín
El cerebro y el corazón dialogan no siempre airadamente.
- Virtud mayúscula en la humanidad es perdonar de corazón.
- Es el cerebro que me lo dice. Y ¡no! Mayor es silente humildad.
- Corazón, corazón, sé sensato, no hay perdón soberbio.
- Para ser humilde, la humildad se esconde y parece soberbia.
- Lo parece para ser descubierta como calculada humildad.
- No. Nada ésta calcula. Desconoce incluso que humilde es.
- Querría decir entonces que, “humilde”, se siente soberbia.
- Tus comillas delatan la presencia del Demonio en tus sesos.
- ¿Eres tú acaso puro como la más purísima santidad de Dios?
- No. Pero entre bien y mal hay Pedro negando antes de llorar.
- Te estás refiriendo al Purgatorio como imperio de la moral.
- Sólo digo que la perfección humana es perfectamente imperfecta.
- ¿Porque divina? Me juzgaste demoníaco. No me juzgues, corazón.
- Somos uno, tú pensamiento, yo sentimiento, es decir uno.
Y, como en “Peter und de Wolf” de Prokovieff, ruso, discutieron, discutieron, el pato nadando en la laguna y no sé ya si sería el gato maullando sobre la rama del boldo nativo.
septiembre 9, 2010 a 4:10 pm
Marisa Bruno
YO PERDONE , PERO EL AMOR SE FUE .NO SE ARREGLA JAMAS CUANDO SE DEJA DE AMAR.
septiembre 9, 2010 a 7:35 pm
Arturo Montes Larraín
¿Cómo se deja de amar, Marisa? Lo ignoro. ¿He acaso amado? Sospecho que no. La sospecha no es saber. Pero en ella radica el miedo. Y en éste la tristeza. Punto. Punto cruz. “Que no sea tu cruz pesada” constituye un deseo significativo de la pesadez. Nada escapa a la ley de la gravitación. La levitación representa una caída contradicha. Queda el cansancio en el mar de la risa. Amar iza al polo. Hay caballo del ajedrez.