Si “la única manera de equivocarse consiste en hacer sufrir y por repercusión en hacerse sufrir” (Albert Camus, en “Calígula”), lo normal es que el agresor físico y/o intelectual, así por sí mismo agredido y sufriente, pida con veracidad perdón, el cual, una vez solicitado explícita o implícitamente (¿Pinochet), puede o no (¿el PC?) serle concedido, resultado que no depende ya de aquél, sino de la persona inicialmente agredida y por esto sufriente (¿el PC?). Aquí se trata de la agresividad no física sino intelectual, como existió por ejemplo en grado agudo durante la “querella alemana de ciencias sociales” (1951-1961), donde Adorno y Popper no escatimaron esfuerzos para atacarse, sin insultos, claro. El matemático Thom se pregunta, siguiendo a Szilard, qué funda a la agresividad, concluyendo que ésta tiene por bases combinadas al miedo y a la cólera: sin nada de miedo ni de cólera entre dos personas hay máxima paz; con miedo total y con cólera total hay máxima agresividad. Entre ambos extremos, en grados variables y dinámicos, existen miedo sin cólera y cólera sin miedo. Prototipos podrían ser, de la primera situación, el niño humillado por su padre y, de la segunda, el padre ya anciano humillado por el hijo ya adulto. Allá, se enfrentan miedo sin cólera (el niño) ante cólera sin miedo (el padre); y acá, recíprocamente, es obvio, cólera sin miedo (el padre) ante miedo sin cólera (el niño). Naturalmente, estos conceptos no son puros. Así, al interior de la cólera absoluta hay algún miedo relativo respecto del adversario y de sí mismo; y al interior del miedo absoluto hay alguna cólera relativa respecto del adversario y de sí mismo. Más concretamente, se puede decir que el niño intimidado piensa que algún día se vengará, lo que el padre encolerizado percibe y anticipa como una amenaza viable. Este conjunto de relaciones dinámicas resultan en una derrota o un triunfo de significaciones múltiples y variables, que como derrota o triunfo son por lo general transitorios, es decir, intercambiables o reconciliatorios. Jugando en el conjunto del proceso un papel decisivo la fuerza diferencial de los contrincantes y sus desplazamientos dentro del “ring” intelectual, que es siempre a la vez emotivo: indiferencia, odio y amor combinatorios por contradicciones o complementariedades de carácter bilateral o unilateral. La escena descrita puede ser hallada en otros escenarios, por ejemplo en la política o en la guerra. Y en su evolución influyen factores exteriores al ring, como la actitud del “público”, cualquiera sea éste. Pero una variable muy importante, quizás decisiva para el “resultado”, es, más allá de las fuerzas cognitivas existentes en cada luchador, el desplazamiento mutuo de ellos. Hijo y padre se mueven, “ven” el movimiento del otro, intuyen allí su semántica y la potencialidad de ésta, pero, sobre todo, perciben qué está representando el más atrás u horizonte intangible del movimiento tangible acá: si allá se divisa una disposición a más o menos cólera, si a más o menos miedo. Tal representación del más allá hace eco, “atraviesa” hacia acá al otro y afecta concretamente a su otro, cambiando su propia posición entre la cólera y el miedo. En política, esto puede ser observado por ejemplo del modo siguiente: viéndose la oposición a la dictadura perdida en la interlocución dominada dentro de la primera por la cólera y el miedo (“¡y va a caer!”), va comprendiendo que debe bajar los niveles de ambos (”trampa mortal”, dijo Jaime Guzmán, “táctica diabólica”, añadió Pinochet, tras ser firmado en 1985 el Acuerdo Nacional) y, desconcertada ante el nuevo panorama que ve más allá, la dictadura considera el espectáculo general, comienza a contradecirse (enero de 1985) y se ve llevada a aplacar -“nos guste o no nos guste”- su propia agresividad; como, en esencia, ocurrió, hasta el triunfo del “no” plebiscitario y hasta el proceso de reconciliación aún en curso. O como ocurrirá, espero, entre don Carlos Riquelme -a quien pido perdón por mi agresión de ayer- y yo. La causa de esa agresión verbal está escrita en mi referido texto, basado por impuso irreflexivo en el suyo inmediatamente anterior. Pero, reflexión hecha, jamás debí reaccionar así. AML.
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16 comments
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Noviembre 20, 2006 en 2:25 pm
Arturo Montes Larraín
Por más que uno se esfuerce para evitar errores, de éstos JAMÁS deja de quedar más que uno, c’est la vie, donde el asunto consiste no en obtener como resultado que haya sido infalible sino por respeto en que haya allí la menor cantidad posible de errores tanto de forma como de fondo.
Noviembre 20, 2006 en 2:59 pm
Administrador
Recodé de paso a Girardi no GIRARD…La infabilidad es solo de S.S (no Schultz Staffel)
Noviembre 20, 2006 en 3:42 pm
Rogelio Blanco Traverso
“Perdonar no es fácil, es dar cuando uno todavía está lástimado y sangrando por dentro.”
No sé quien dijo esto, pero tiene razón.
El perdón no es lo mismo que el olvido, obvio, ya que lo primero da al otro la condición de ser con importancia, y lo segundo no le da al otro más que indiferencia, o sea, algo sin importancia.
El pedir perdón es una capacidad que sólo tienen los seres que saben del respeto hacia otros, que pueden ver a otros como iguales, sin importar en que nivel están ambos en el momento de pedir perdón.
Pedir perdón enaltece. Ignorar el perdón pedido, degrada.
Pedir perdón no sólo es una capacidad humana, lo he visto en animales, y refleja pureza de alma, aunque lo que nos hace pedir perdón haya sido una reacción emocional, no atribuible a un alma pura.
(Pienso: Redundancia, las reacciones son siempre emocionales, aunque don Arturo encontrará el ejemplo en el cual esto no es siempre cierto.)
Pedir perdón es bueno y bueno es quien pide perdón.
Noviembre 20, 2006 en 4:31 pm
Arturo Montes Larraín
Rogelio:
Agradezco de corazón el amor que me llega de su comunicación. Me resulta incierto que sea merecido. Además, uno no debe estar constantemente poniéndose en la condición moral, a fin de cuentas cómoda y rentable, de pedir cada día perdón, para ser catalogado como “bueno”. Uno se debe poner en condiciones, al contrario, de no tener por qué pedir tantas veces perdón, perdón, perdón. Situación a la cual me resta aún un buen camino para alcanzar. Eso sí, salvo excepción ojalá superable, yo perdono con facilidad, y no por simple olvido, aunque después de perdonar uno haya olvidado, como deber ser, que había perdonado. Gracias.
Noviembre 20, 2006 en 5:25 pm
Rogelio Blanco Traverso
“…..aunque después de perdonar uno haya olvidado, como deber ser, que había perdonado.”
Exacto. Eso es bondad.
Noviembre 20, 2006 en 6:13 pm
Arturo Montes Larraín
Rogelio:
No le eche en la olla. Capaz que le crea y me canonice a mí mismo como ahora en vida, sería el 1º San Arturo Viviente, claro que lo merezco, ¡he cometido tantos milagros, si le contase, pero la sacra humildad me lo impide, y sí, soy católico, consigo a mi diestra!
Noviembre 20, 2006 en 7:06 pm
Rogelio Blanco Traverso
Falta a todos mucho para ser santos, pero siendo bueno se empieza.
Ser bueno es no actuar con maldad, aunque por naturaleza, actuamos con error, que no es lo mismo.
Si se va a canonizar, avise para celebrarlo. Menos mal que ha cometido , y no perpetrado, muchos milagros.
Saludos, don Arturo.
Noviembre 24, 2006 en 2:00 pm
Arturo Montes Larraín
El asesinato con premeditación y alevosía error humano es.
Abril 29, 2007 en 2:37 am
Arturo Montes Larraín
No se puede verdaderamente perdonar desde tu alma los crímenes cometidos por la suya contra ti, sin que el perdón esté preñado en ti gracias al sufrimiento pujando desde el prontuario de tu propia malevosía. Es sólo a partir de tal recogimiento sufriente sobre ti que estarías en condiciones técnicas adecuadas para perdonar gratuitamente y, luego, por añadidura, sentir alivio, respirar y disfrutar. Te lo deseo. Nos lo deseamos. Pero circula gente tonta y agria por estos parajes. Se nutre del rencor a sí misma que se le diluye mediante el rencor al resto del mundo. Dilución de lastimosa ilusión. ¿Qué hacer con ella, sino darle en la mirada algo de tu paz? Cosa indispensable por ejemplo en política. Parto a la cama.
Enero 26, 2008 en 11:54 am
Arturo Montes Larraín
Cínico es perdonar de antemano.
No hay perdón humano que sea ininterrumpido, pues si bien perdón y olvido no son la misma cosa la memoria conserva siempre por saltos un rencor temporalmente anulativo del perdón antes concedido y luego quizás repuesto.
Comprender el mal es ya haberlo perdonado.
El perdón no olvida salvo por acostumbramiento o senilidad.
El perdón es compasión recordativa del mal causado por otro que mantiene en consideración el mal de uno y los comparte como si uno fuera el otro y quizás el otro uno.
El perdón es humilde mas no exhibe su humildad, sin por esto cavarla, sólo la deja estar.
Parecido al amor es el perdón.
El rencor desgarra el alma.
No se lucha ni siquiera por oración contra el rencor, por ella en lógica prácticamente reforzado, dado que la oración válida es espontánea.
Puede haber letanía en la espontaneidad.
El cerebro afectivo de la humanidad nada bota, en sus rincones siguen vivos el óvulo, el espermatozoide, la preconcepción y Dios.
Dios sonríe comprensivo ante el alma que lo niega.
Hay falsos perdones que sólo Dios perdonaría.
No habrá Juicio Final, la Creación está absuelta, el Apocalipsis ya aconteció, está detrás de nosotros, por delante queda el fin de la vida en la vida.
Señor Jesucristo, ten piedad de mí (Siglo V), ten piedad de mí, Señor Jesucristo (ejercicios respiratorios ya explicados, de origen maronita).
¿Es posible pedir perdón por el dolor propio que se sufre en todo el cuerpo y en toda el alma?, ¿es posible pedirlo en su insoportable finitud?
¿Alguna vez rió Jesús, cuándo?
Otorgarse el derecho y la autoridad humanos de perdonar soberbio es.
Nada decir dice.
Un exceso enorme de torpe desentendimiento nos corroe por doquier.
¿Por qué, Dios nuestro?, sí, por nuestra libertad.
Llora el alma de los niños y de los viejos abandonados.
Llora el alma de las madres condenadas a la prostitución.
Llora el alma de los adultos extraviados en el amor.
Llora el alma de los bosques masacrados.
Llora el alma de las rocas, de Jeremías, de las ballenas, de la flor, de los vientos, la estrella, los límites del universo, el más allá, los alcatraces, la cárcel, las mías, tú.
Alegría brota de la reunión en la tristeza.
A nadie gustan las trompetas celestiales.
Alegría surge del cementerio en la alegría.
Permanente es la felicidad de los huesos.
Perdonan pidiendo perdón, ambas acciones se acumulan.
Así sea.
Enero 26, 2008 en 7:48 pm
Luis E. Reyes
Perdonar. No creo en la relación Hombre-Perdón. Perdonar es divino. “Te perdono” Falsa piedad humana.
Estimado Arturo ¿Por qué “conocer el mal es ya haberlo perdonado?” Leí de ti, en otros textos dicha frase. No quise hacer la pregunta de manera inmediata. La dejé conmigo algún tiempo hasta ahora.
Un abrazo y mí aprecio.
Enero 26, 2008 en 10:21 pm
Arturo Montes Larraín
Si tú verdaderamente comprendes el mal del Mamo o de Altamirano ya deja de ser mal, por haberlo íntimamente comprendido. Nadie discierne a la perfección qué ocurre en el alma humana. Soy incapaz de juzgarla salvo quizás en mí. Yo sí creo en el perdón entre nosotros, aunque débil sea. La frase es de Vladimir Jankélévitch como dije en su libro “El Perdón”. Tienes buena memoria, excepto por el título y el nombre: francés, judío, ruso. Perdonar no es sólo divino, LER. Yo y tú también podemos perdonarnos. Hoy es un anochecer entristecido. Una joven vendrá pronto. Eché a mi mujer. La sexualidad se me extingue. Dios se mofa de nuestros pecados. Buenas noches. Un abrazo y mi amistad. Arturo.
Enero 26, 2008 en 10:35 pm
Arturo Montes Larraín
Comprender el mal es ya haberlo perdonado. ¿Cómo haber perdonado sin comprenderlo? ¿Se comprende en verdad algo? ¿Perdono? Hay cosas que nunca he perdonado ni perdonaré, roído y royendo cual rata por eterno rencor, lástima es, pero así es. ¡Eli, Eli, lama sabachtani! El perdón se retracta de sí mismo incluso por Jesús, tan humano. Así nos dañamos. Tan fácil sería que no fuera de este modo. Por qué no.
Enero 27, 2008 en 10:48 am
Luis E. Reyes
Lejos estamos de ejercer el perdón, Arturo ¿Será que acepto la idea de un ‘perdón’ contenido en el silencio? La frase “Te perdono” invalida el perdón, es una sentencia de un no olvidar el supuesto daño recibido. Lo lamento, intuyo que el perdonar no depende de una decisión humana. Lo demás es, cómo llamarlo, una suerte de razonamiento sofístico.
Mí saludo fraterno, Arturo.
Enero 27, 2008 en 6:22 pm
Arturo Montes Larraín
Bueno sería que hubiese, haya y hubiere más gente como tú, creo yo, LER.
Enero 28, 2008 en 7:58 am
Arturo Montes Larraín
Lo más personalmente emocionante y hermoso que he leído en A.I. proviene de don Jaime Ubilla. Escribió algo así como que el fallecimiento reciente de su padre se había visto aliviado de antemano por lo aquí dicho a propósito de la muerte. Pensé entonces que con ello mi vida ya tenía justificación, en cuanto intermediario de alguna reflexión benéfica. Pocas veces me han ocurrido situaciones de este tipo. Pero las ha habido. Eso sí, no soy el contador de mi haber.