Imaginado, uterino, infantil, juvenil, adulto, anciano, post mortem, y al revés, por parábola elíptica de espirales: el suicidio por ahorcamiento está directa, positiva y significativamente relacionado con el hecho de haber nacido (o en el segundo caso, uterino, de haber podido nacer) por cesárea. Siendo ésta debida a haber sido hoy advertido mediante ecografía que el feto se aprestaba al parto natural atándose el cordón umbilical alrededor del cuello.

Locura es haberlo escrito. Locura: “libertad en su lugar” (Beltrán Villegas); como “locomóvil, locomotora, poleas que giran libremente sobre su eje”…

Está por ahora fuera de discusión, incluso según Popper, sobre quien un veterinario chileno y actual ministro aseveró, sic, que fue “el mejor filósofo del Siglo XX”: la ciencia sin hipótesis o conjeturas no avanza -si es que en verdad avanza: es otra hipótesis, inasimilable a la tecnología-, excepto por sorpresa poco metódica en el sentido estrecho del positivismo inclusive cartesiano: se soluciona un problema, se tropieza o se cae en la solución, sin saber que había problema, luego se lo reconstituye, se lo formula y reformula, para recompensable aplicación didáctica. Como Newton luego de ser golpeado durante su siesta por esa manzana en la cabeza; de lo cual fue inferido que “nada es impermeable a la ley de la gravitación” (René Thom), no obstante que las cábalas algebraicas sobre “arriba” y “abajo”, por ejemplo, sean intercambiables.

La verificación posible de la hipótesis indicada en el primer párrafo reforzaría el concepto, ya empíricamente observado por varios parajes de la sabiduría bioquímica, de acuerdo con el cual el feto no sólo no es, salvo enfermedad gravísima y por ejemplo congénita, un imbécil, como si algo lo fuera, sino posee inteligencia afectiva y percibe al mundo exterior, con -en éste- su semiótica diversa.

El problema del preciso momento intrauterino en que ese ser vivo adquiere su inteligencia y la comprensión inherente a ella carece hasta hoy y quizás hasta siempre de solución científica en la Tierra: nada irracional hay pues en pensar que él las haya adquirido incluso, bajo su estado aún embrionario, desde la misma concepción biológica; o aun -más atrás que en esta filosofía: en la fe religiosa- desde la concepción divina, donde padre y madre serían simples mensajeros en el correo instantáneo y eterno de Dios (de Deus, de Zeus: el cambio de una letra desde el politeísmo al monoteísmo).

Se puede estimar delirante tal proposición. O miope y arbitrario otro postulado, como que la persona humana comience al nacer (Derecho Romano) o al ser concebida en el instante de la unión entre espermatozoide y óvulo (Derecho Canónico). Del mismo modo que es arbitraria o “convencional” en numerosas legislaciones la determinación de plazos diferentes para la autorización del aborto clínico, contados por el obstetra a partir de su cálculo sólo aproximativo sobre la fecha de la concepción biológica. Esto es, así, en Francia, 6 semanas entre concepción y aborto, mientras, en Gran Bretaña, 7; con la ciencia einsteiniana sobre la “relatividad del tiempo” frunciendo el ceño ante la distancia radical de esa sola seminal “semana”.

A partir del momento en que se admite científicamente la plausibilidad al menos hipotética de la hipótesis señalada, se puede escribir verbalmente lo que aquí seguirá en el tiempo presente del modo indicativo, sin ya fatigar a usted con la demostración de la prudencia explicitada por el recurso rutinario y formalista al modo condicional: “sería”, “podría”, etc., en lugar de “es” y “puede”. No sin mantener en posición de guardia suizo esta concesión meramente económica y provisional a la gramática de la certidumbre.

Mi hipótesis, así hecha tesis por salto cualitativo, jamás ha sido, a falta de demostración en contrario, que yo sepa, aventurada. Ella constituye una revolución epistemológica sobre la anterioridad a la vida, sobre la vida, “valle de lágrimas”, sobre la muerte y sobre la resurrección (¿o “reencarnación”?).

No logro imaginar que la potencialidad amorosa vivida por usted y su actualización relativa puedan morir. No logro racionalmente concebir que esa alma amorosa de usted pueda morir. ¿Cómo podría no ser eterno el amor suyo, si ya en ejercicio Acá presiente en sí a su inmanente y trascendente eternidad? ¿Cómo podrían no ser eternas su humildad, su generosidad, su musicalidad, su vulnerabilidad? Racionalmente, no logro imaginarlo. Por forzada irracionalidad, sí. Pero menos irracional me parece la eternidad de su alma. Sin antes, sin ahora, sin después: sin tiempo. Pues el “tiempo” es forma de hablar. Necesidad, sí, aunque sólo formal. Como ahora mismo. Sin embargo, la forma es. Y en cuanto tal el tiempo se desenvuelve y materializa, cronométrico: puntualidad obliga. La contradicción oscilante de ambos conceptos ya estuvo puesta en evidencia por Heisenberg al formular sus “relaciones de incertidumbre”, y no “principio”, como se ha dicho. Sólo algún objeto de la artesanía daría cuenta de esa reconciliable oposición. Imagino, por ejemplo paradigmático, al diapasón, golpeado allá, ocurrente hacia acullá en el transcurso de la cuerda, golpeando en acullá, regresando, etc., y dando en condensación la frecuencia con eco ondular de la viajera nota “la”, en llave de sol o de fa.

Es verdad, en cierto sentido bien comprensible, que “natura non salta” (Aristóteles) y que en su desplazamiento el canguro es continuo, pues entre dos puntos hay siempre uno intermedio. Pero de hecho se “salta” por una ficción que elude la locura desesperada ante la noción de contigüidad; y que, también por ficción, la discreción o discontinuidad matemática es fabricada por una figuración tan realista como la arquitectónica y tangible Esfinge egipcia. A semejanza que entre 1 y 2 o que en un amigo suicidándose desde una ventana al vacío por imitar a Oliveira de Cortázar, sacado de la novela “Rayuela”. A costa de ser reiterativo: “entre…una causa y un efecto… siempre existe algo intermedio que oficia a su vez de efecto y de causa”.

Entonces, existiendo, el tiempo al mismo tiempo no existe, y, no existiendo, el tiempo al mismo tiempo existe, a tiempo y a destiempo. Diacronía y sincronía hacen simbiosis sin perder sus particularidades. Nociones, todas, tan imaginarias como 1, 0 ó i². Otro misterio integrante de la ciencia: siempre semejante al mismo misterio de cualquier misterio en todo este misterio.

Pero vamos al grano. El feto tiene la capacidad teórica y a menudo también práctica de imaginar su existencia posterior en la “vida”. Tiene el poder de concebirla, por ejemplo, como algo muy definitivamente deprimente, comparado a su cálida ingravidez de aquí y ahora. Tanto poder, que decide libremente suicidarse, atándose el cordón al cuello. Lo hace con el asentimiento consciente/inconsciente de la madre, quien, comprensiva de los hechos espirituales acaecientes en su abdomen, puja. Y así la parturienta se substituye a la ley de la gravedad universal, con la soga al cuello del ser en ella ahorcado: éste nace muriendo o, si se prefiere, muere naciendo, no sin quizás recibir a través de sus párpados, ajenos al olvido, una ráfaga de la luz ciudadana, toda su vida.

Pero ocurre que tal ejercicio del libre albedrío fetal se vea obstaculizado por la ciencia aplicada ya al emperador Julio César. El cirujano comprensivo de los hechos saca entonces viva a la criatura gracias al buen uso del bisturí. Y ella, recordativa aun en el olvido, se ahorca sufriente años después. Su rechazo a vivir ha vivido en el paréntesis más o menos “largo” de la vida: “la” # mayor. Como en el Réquiem de Mozart.

La ideología determinista sobre el destino y sobre la necesidad que subyace en la antedicha interpretación es indiferente a las nociones de contingencia, de accidente, de sorpresa, de influencia o de azar, asignando a este último una definición categórica: “se llama azar aquello cuyas causalidades permanecen desconocidas”. En otras palabras, incluso irreducible a la gnosis, la causalidad de la Creación siempre existiría. Es un acto de fe. Pero como al igual lo es su negación agnóstica o su contrario ateo. La necesidad de la casualidad no es en lógica ni más ni menos necesaria o casual que la casualidad de la necesidad. Se queda pues aquí en una zona de misterio que la lógica clásica no puede resolver. Ese misterio es. Siendo, integra el impulso al conocimiento, científico y tecnológico. Más aún, sin integrarlo, tal impulso es imposible, excepto por sandez, que él mismo, incluyéndola, por principio intelectual y con razón excluye de sí. En síntesis sobre este punto: sin magia de una u otra fe, u otra, ningún saber es concebible. Quedamos así en Sócrates. Pero se puede ir más allá que él: “Yo ni siquiera se que nada sepa”. Es decir, quizás algo se. La vida, un quizás. La ciencia, un quizás. Y por qué no. La incertidumbre vive en la razón. Tomemos aquel bolero o tango sudamericano, no se, cambiándolo un poco, ¿qué se prefiere?:

1º “Morir esperando un quizás es mejor que saber… que nunca volverás”.
2º Lo mismo con “vivir”. Vivir esperando un quizás es mejor que saber.
3º Etcétera: varias combinaciones posibles, cuya expresión taxonómica y ergonómica, por tediosa, eludo.

Fue publicado en Francia un libro: “Derecho al suicidio”; con instrucciones técnicas de uso.

la estudiante,
el aborto.

(texto inconcluso: hasta pronto)

Arturo Montes Larraín, abogado PUC, doctor de Estado I.E.P. de París, profesor de filosofía política, de epistemología, de análisis del tiempo presente, de derecho constitucional. Autor de numerosas publicaciones. Políticamente independiente. 62 años, chileno y francés. Casado, 4 hijos.